12 de junio de 2005

Pablo: Me voy de la entrevista

El pasado lunes tuve dos llamadas y un correo electrónico.
Definitivamente he escrito a empresas donde mi CV no tiene muchas oportunidades.
¡Tienes que invertir en tu futuro! Me dijo el novio de mi hermana.
Un hombre justo, según mi abuela. ¿Qué diantres querría decir? Una hipótesis: Que es un hombre adaptado que paga impuestos. Mi abuela y su pensión.
A veces pienso que ella piensa que ya soy muy mayor; que a mi edad el abuelo había hecho dinero vendiendo artilugios de goma, perfumes y radios de galena (un mineral que te comunica con el universo a poco que le alimentes con un cable de cobre).
Cuando me llamaron por teléfono, las voces femeninas que me convocaron a una entrevista -cada voz a una entrevista distinta- me dejaron sin habla. Balbucí si, de acuerdo y allí estaré. Cuando colgué tras la primera llamada me dije:
-No deberías ser tan condescendiente; tendrías que haber dicho que a esa hora no podías, que tenías una segunda entrevista en algún sitio, que... nada, dije que sí y punto.
Los nervios me bloquearon la neurona de la inteligencia.
¿La segunda llamada? Me pasó lo mismo.
El hábito de la inferioridad es fácil de reconocer, pero difícil de rechazar.
La dirección en la que me citó la primera llamada está a dos horas de mi domicilio.
Tres líneas de suburbano después de entrar en la boca del metro.
Cuando salí de este transporte, no había rastro de mi perfume -colonia Denenes en realidad. Hay más de 10 cajas de 10 frascos de plástico cada una. De la época del abuelo. Pero huele a fresco- ni tampoco de mi peinado. Desaseado y sin fuerzas por el calor.
Como había decidido pelear por un asiento después de cada trasbordo -tres líneas, dos trasbordos, pero tres convoyes distintos, así que tres conflictos- el traje que me había prestado el novio de mi hermana estaba más arrugado que los confettis de Año Nuevo en la mañana del Primero de enero.
Pero mi ilusión estaba inmaculada.
Tenía que ser una entrevista grandiosa. Había preparado mi discurso, bueno, había imaginado el discurso. No es lo mismo que prepararlo.
Mi futuro cuñado sí que había preparado la entrevista cuando le llamaron de P&G; como él sabía que le iban a entrevistar en inglés estuvo preparando la interview durante ¡tres días! con una antigua novia que estudiaba con una beca Erasmus.
Cuando me lo contó pensé, maliciosamente, que no está mal recuperar antiguos afectos durante tres días.
Bueno, yo no había invertido tanto tiempo.
Unos minutos mientras me freía la neurona con un programa de cotilleo en televisión y otros minutos mientras hacía mis ablucciones en el cuarto de baño. Poco tiempo, la verdad. Pero no conozco a una Erasmus altruista. Y de haberla conocido, habría preferido estirar el entrenamiento en otras artes, antes de acudir a la entrevista.
Al llegar al lugar de la cita vi que no estaba sólo. No era tanto una entrevista a lo que me habían convocado. Más bien una feria de ganado.
Había dos docenas de personas. Algunas de ellas incluso con portafolio.
-¡Dios mío! Pensé. Este debe ser un trabajo verdaderamente bueno.
Pero dirigido por mal educados, a buen seguro.
Había llegado con 15' de adelanto sobre la hora acordada. Instrucciones precisas del novio de mi hermana.
Habían pasado 55' y aún seguía allí.
De pie, como en el suburbano -bueno, en realidad me senté pero durante menos de una estación en un caso, y menos de dos en el otro; cuando veo llegar gente de la edad de mi abuela en el transporte público, un resorte interior hace que mis piernas eleven el cuerpo hasta la posición erguida, que mis labios dibujen una sonrisa de complacencia a destiempo -porque debería sonreir cuando me cedieran el asiento no cuando renuncio a él ¿verdad?- y que la mano libre -siempre llevo algo en una mano, la gorra, un pañuelo de papel o un periódico viejo -los periódicos viejos absorben mejor el sudor de las manos, además exhalas menos tinta y la mano lo agradece- señale a la persona mayor y al asiento.
Se abrió una puerta acristalada frente a mi y de ella emergió un ser poderoso, excelso en sus ademanes, como una visión de la Seguridad y de la Firmeza, cualidades de las que adolezco.
Se hizo el silencio en el recibidor en el que nos encontrábamos.
Con una voz que no reconocí en ese momento nos fue citando, uno a uno; leía el apellido y el nombre, por ese orden ¡Qué precisión! y levantaba la vista; cada uno de nosotros levantaba la mano, como pidiendo anuencia o permiso. Ella miraba al interpelado y le señalaba una puerta. Nombró a más de la mitad, quienes fueron abandonando el espacio que ocupaban y desapareciendo tras la puerta señalada.
- Los demás esperen unos minutos aquí.
Me estaba muriendo de ganas de hacer pis. O caca. Serían los nervios.
Me acerqué a la recepcionista -siempre son femeninos los recepcionistas.
- ¡Perdón! ¿Un servicio?
Me miró con dureza, sopesando mis oportunidades. Me concedía 0 sobre 5. O menos.
- Al fondo. Procure no tocar nada.
(¿No tocar nada?) (¿Ni el papel higiénico? Bueno, tenía el periódico en la mano)
- Descuide, llevo todo lo necesario en el bolsillo.
Puso un gesto de desagrado. Sería porque una de mis manos quedaba por debajo de su ángulo de visión, tras el mostrador de la recepción. Ella no sabía dónde estaba esa mano, qué contenía. Me gustó la confusión. Me sentí fuerte. ¿En la mano? El periódico.
Al regresar del servicio me dejé caer en un sofá, al lado de unas piernas increibles. Ella me miró y se alejó. No, mucho no podía alejarse. Como el sofá estaba en su cuarta edad, los muelles habían cedido tanto que las piernas te quedaban muy por encima del trasero, casi a la altura del pecho. Ella lo que hizo fue iniciar el movimiento de alejarse, pero apenas se movió.
Intenté incorporarme un poco, pero fue inútil. Crucé una pierna sobre la otra.
¡Horror! Mi espinilla, con unos pelos ralos y un tono blanquecino tirando a enfermo asomaba entre el calcetín -uno de esos a rombos, de colores imposibles, hiriente- enrollado sobre sí mismo, y la pernera.
Estiré del calcetín y noté como cedía y mucho a la altura del tobillo. Un nuevo tomate nació.
Estiré de la pernera, pero menos.
El trozo vergonzoso de canilla visible se había reducido.
Coloqué la mano que sujetaba el periódico sobre ella. No, sobre la chica de al lado no; sobre la pierna visible. Mucho mejor.
Se abrió la puerta. Intenté incorporarme un poco. Imposible.
Sonó mi nombre. Al intentar incorporarme me apoyé, sin querer, en el muslo izquierdo de la chica. No se retiró. Cuando la observé, ví porqué. Estaba horrorizada.
Acababan de decir su nombre.
No, yo no sabía su nombre. Pero ella, al oirlo, levantó la mano. ¡Qué piernas más admirables!
Caminamos prácticamente juntos hasta una de las puertas. Entramos. Había una mesa de juntas, grande, con 12 sillas. Me senté al fondo, muy al fondo. Ella no. Se sentó en la cabecera, lo más alejada posible de mi.
Y eso que habíamos sido los primeros en entrar.
Junto a mi se sentó un individuo pelirrojo. Me doblaba en edad.
Eramos 9 personas. Distintos y distantes.
Entraron tres personas más, con carpetas y bolígrafos y blocs y... una grabadora.
-¡Buenos días!
Todos, los 9 de la convocatoría al Parnaso o al Cadalso respondimos al unísono. O casi. Cuando los demás habían terminado de saludar ¡Buenos días! se oyó con claridad:
-¡Buenos días, señorita! Era yo. Un tic de la infancia seguramente. Nadie sonrió. Me miraron con sorna. Debían pensar: Uno menos con quien competir.
-Esto que van a realizar es una simulación. El objetivo es conocer su capacidad de argumentación y de persuasión, sus cualidades para trabajar en equipo, su orientación al liderazgo, a la resolución de problemas, a la toma de decisiones.
Me levanté y salí de la sala. Nadie me detuvo. Estaba aterrorizado.
¿Cómo voy a demostrar todo eso si no tengo una experiencia laboral decente? Ni indecente.

Idea original de GRLL, el autor. Todos los derechos reservados. 2005.

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