4 de marzo de 2007

Pablo: El baile de los smarties

- Una sala de baile, hijo mío, es señal de felicidad. Qué recuerdos de aquel Pasapoga, que llamábamos pasa y paga, aunque yo no pagaba, claro. Yo era muy guapa. Siempre había un caballero dispuesto a invitarme. Pero no por nada, no te vayas a creer. Que yo siempre he sido muy decente. Pregúntale si no a la abuela. Ella te contará. Y qué salones. Con todos esos caballeros en traje de lana o chaqueta tweed y pantalón gris o de color tostado, con los zapatos bien lustrosos y el Lucky Strike o el Camel sin filtro en la mano izquierda, al del solitario. ¿Sabes qué es eso, Pablito? Un diamante, bueno, un brillante de al menos 5 quilates, engarzado sobre una base de oro de 24 Qts. Yo, por aquel entonces sólo prendía un Kool mentolado, de vez en vez. ¿Verdad abuela?

Me habían venido a la cabeza las palabras de mamá, que ella solía repetirme mientras disfrutaba de algún programa de variedades y baile en la televisión de los sábados por la noche.

En el último tramo de la escalera decidí sentarme. Le comenté mi cansancio al ciego, quien dirigiéndose a los dos hermanos gemelos, les solicitó sujetar la cesta que aún reposaba sobre mi dolorido hombro.

- ¿Tú estás bien, mi friend?

Me levanté recogí la cesta y caminé con ella hasta la entrada del baile, donde un par de personas se hicieron cargo de ella, depositándola ¡en vertical! entre varios de los abrigos de piel natural o sintética que se acumulaban sobre el mostrador.

Como la cesta no estaba protegida por celofán alguno, muchos de los productos rodaron por el suelo, aprovechando la pequeña pendiente que formaba el acceso para minusválidos que habían construido. Me creó cierta perplejidad ver la rampa justo a la entrada del baile. Me parecía más natural que la hunieran construido junto a las puertas de acceso al hotel. Pero allí no había visto ninguna.

Muchas de las personas que pasaban a nuestro alrededor se abalanzaron sobre las viandas, recogiendo frascos de tomate, botellas de sidra y vodka, tubos de pastillas de chocolate smarties y otros contenidos de la cesta.

Alguien se guardó una ristra de chorizos en el abrigo de piel; otra persona se desabrochó el pantalón y se colocó una botella de ginebra inglesa a la altura de la cintura, sujeta por la correa del cinturón de seguridad que llevaba debajo de la ropa, uno de esos con monedero para viajantes y turistas temerosos o precavidos. Cuando volvió a abotonar su pantalón reviví la escena en la que Mae West le preguntaba a Groucho Marx si éste se alegraba de verla. Miré hacia los gemelos. Uno de ellos tenía la misma mirada que la actriz en aquella escena.

Dos señoras que supuse de origen filipino, por su extraordinaria belleza oriental, se peleaban por los tubos de caramelos de chocolate; una de ellas sostenía el tubo pequeño con la mano izquierda, mientras con la derecha pugnaba para retirar el grande de la entrepierna con que lo sujetaba la segunda señora, ante la mirada condescendiente de un caballero árabe.

- Curiosa conducta. Me recuerda la etapa de mi vida durante la que me gané el sustento pidiendo limosna por las calles de las principales ciudades del mundo. Si alguien tropezaba con mi sombrero y desperdigaba las monedas alrededor de la acera, se podía afanar durante minutos, pidiéndome disculpas mientras, rodilla en tierra, recogía los céntimos para devolverlos al sombrero. Pero si alguna vez, por aburrimiento, lanzaba unas monedas a esas mismas calles, oculto desde una esquina, las mismas personas se liaban a mamporros para apoderarse de los céntimos. Lástima que sólo podía escuchar las broncas. Lo que hubiera dado por verlas. Ésta ha debido ser estupenda, ¿verdad, Pablo?

Recogí los productos que habían quedado ocultos debajo del mostrador del guardarropa y
algunos que se habían colado en los bolsillos de los abrigos colgados en las perchas y se los entregué al personal de la entrada. Los pusieron nuevamente sobre la cesta y alzaron esta hasta el altillo que había justo encima del perchero. Nos dieron unas entradas y unos tiques y nos dirigimos al baile que se ocultaba tras la cortina roja. Creo que el Pasapoga también disponía de una. Mamá lo mencionó en ocasiones.

El ciego y los hermanos se dispusieron a consumir algo en la barra, mientras yo di una vuelta alrededor de la sala de baile. El local estaba dividido en varios espacios. Al mirar hacia el techo observé varias estancias justo encima de donde nos encontrábamos. En cada una de ellas el ambiente cambiaba, porque las personas que desde los miradores contemplaban la pista en la que me encontraba movían la copa de la mano con distintas cadencias. En la planta primera la música debía ser atronadora, porque los vasos se agitaban con fuerza y había más espacio entre las personas que en las plantas superiores. Sería apra evitar salpicarse las unas a las otras. Decidí subir a conocer cada una de las plantas, pero entonces alguien me aferró del brazo.

- Tú bazofia europea, detenido. Tú no paga habitación. Tú pierde mano derecha.

Un hombre negro vestido con indumentaria de baloncesto, gafas de sol y auricular del servicio secreto me sujetaba, mientras otro, blanco, mucho más bajo y con indumentaria similar me espetaba esas palabras.

- Tú acompaña a nos ahora.

Salí de la sala de baile sin que mis acompañantes se apercibieran. Los dos guardaespaldas o policías o jugadores me llevaron casi en volandas hasta la recepción del hotel, donde un hombre vestido con traje negro, camisa blanca y corbata con la enseña del hotel me miró severamente.

- Usted ha abusado de nuestra hospitalidad. Tarjeta de crédito es tarjeta no válida. ¿Tú que dices? Bazofia no. Usted ya no bazofia. Tú basura. Paga o cárcel.

Hacía tal esfuerzo por dirigirse a mi en español que a veces dejaba de respirar, por lo que sus órbitas se abrían con expresión de sorpresa y permitían asomar sus globos oculares, de por sí saltones, como si quisieran ellos mismos registrar en mis bolsillos.

- Siento cualquiera de las molestias que le haya podido provocar, señor, pero ha habido una confusión y si me permite adoptar una postura le resarciré de las molestias tan pronto aclaremos la circunstancia.

Me sorprendí. Mi discurso era irreconocible. Tanto viajar me estaba cambiando. Transformando en un hombre adulto, educado y convincente.

- ¡Basta! Tú al cuarto. Tus palabras grabadas en máquina de voz. Condenado rabón europeo.

Con cara de satisfacción mostró un teléfono móvil, al tiempo que les hacía una seña a los jugadores que, esta vez arrastrándome por las axilas, se dirigieron a una habitación próxima a los ascensores. Abrieron la puerta de una patada y me empujaron dentro. Me bajaron los pantalones y me ataron las dos piernas por encima de ellos, a la altura de la tibia, con uno de esos precintos de plástico amarillo que se utilizan para cerrar sacas de transporte. Me hicieron cruzar las manos a la altura de la nuca y me las esposaron con otro de esos. Salieron del cuarto y cerraron la puerta con llave. Al momento volvió a abrirse. Asomó el blanco y sacándome la lengua, apagó la luz, cerrando de nuevo.

Me sentía como en aquella ocasión en que me quedé sin comer en el colegio donde estudiaba interno porque alguien me acusó de haber pintado los labios del crucifijo de la capilla. También me encerraron en un cuarto de pequeñas dimensiones. Entonces se descubrió que había sido Ramiro Alvalle, un compañero que solía traer los cosméticos de sus hermanas al colegio y que en un alarde de heroísmo y reivindicación de su género había pintarrajeado el rostro del crucifijo.

Pero yo me pasé todo el día y parte de la noche en aquel cuarto. Hasta que mi madre se dio cuenta de que uno de los platos de sopa que había servido para cenar estaba sin tocar.
Por lo que me contaron después, -al recogerme en el colegio de madrugada-, fue mi hermana quien le llamó la atención a mamá sobre el hecho y la abuela quien cayó en la cuenta de que esa noche se iba a acostar sin la ración de besos y abrazos de su niño.

Entre pensamientos y recuerdos cerré los ojos y me dormí.

Etiquetas: , , ,

24 de noviembre de 2006

Pablo: Paraiso de las viandas

A la izquierda de la recepción del hotel se abre un espacio diáfano, cubierto de plantas de jardín tropical o americano: palmeras, palmeras y más palmeras, estas últimas robustas y bajitas, como guerreros. Más allá una escalera con balaustrada de madera e incrustaciones doradas y alfombra de color rojo, como la que se extiende en los premios de cine.

Mis compañeros me animaron a bajar por ella, iniciando la conversación uno de los gemelos:

-Bazofia europea, ¿eres un ciudadano del mundo, un mariquita con posibles?

-Al Matafi, por favor, permítele que se acostumbre a nuestro sentido del humor progresivamente. No le atolondres con tu imaginación.

-De acuerdo Al Batafi, seré tan precavido como la paloma que inicia el vuelo ante la presencia del halcón.

-Mis queridos amigos, propongo que cenemos en el Cortijo de Almendralejo, que dedica esta semana sus cenas al orondo Aragón.

Pensé que era una buena estrategia para hermanar regiones, como celebrar la semana del cocido madrileño en Guipuzcoa.

Entramos en el restaurante, que estaba situado en el subsótano, dos plantas por debajo de la recepción. Habían decorado el exterior de este área como una calle americana, incluidos los semáforos de película de los años 40, cuyas luces cambiaban del gris oscuro al blanco, mientras un actor árabe, vestido con un traje negro, botas de montar y gorra de plato dirigía el tráfico de los transeúntes a golpe de silbato.

Carteles luminosos colgados sobre estructuras metálicas o suspendidos sobre nuestras cabezas por cables de acero casi invisibles, anunciaban espectáculos y variedades.

Uno de los carteles rezaba: "Bienvenidos a Extremadura, tierra del ajo blanco, las gachas y el pan sin levadura. Hoy: La noche aragonesa. Se ruega confirmación". Nos encaminamos al local, que por dentro estaba decorado como el mesón de carretera que conocí en mi viaje a Valencia. Debía pertenecer a la misma franquicia.

Mesas de madera coronadas por jarrones de vino, velas de sebo tan grandes como cirios pascuales y una hogaza de pan.

Me senté entre Al Batafi, el más serio de los gemelos y el ciego. Enfrente de mi Salfuman, el hombre que me había tirado los tejos en el casino. Nada más sentarme noté su pie reptando por mi canilla izquierda.

Retiré la silla con violencia al tiempo que escuché un ¡Ay! detrás mía. Una señora, también sentada a la mesa, pero a mis espaldas, se acababa de manchar el escote con una cucharada de sopa. Le pedí disculpas. Me escupió, diciendo:

-Mis tetas rebosan por su felonía, mamarracho. Melchor de baja cuna. Tunante amanerado.

Me volví hacia mis compañeros de mesa y volví a arrimar la silla al borde, lo suficiente como para que el pie de Salfuman alcanzara mis gónadas escrotadas. Intenté clavarle un tenedor en el meñique de su pie, hizo una sonriente mueca de dolor y lo retiró, mientras yo hacía una auténtica. Acababa de ensartar parte de mi músculo sartorio con el tenedor. Lo dejé ahí, hasta que se me apsara un poco el dolor.

-¿Qué vamos a comer hoy, mis queridos amigos? Les propongo un poco de pernil con pan a la catalana, para empezar, y unas croquetas de bacalao.

-Bueno es el inicio de una gran velada aquella a la que viandas de primera acompañan, regadas con la sangre del profeta cristiano, servida en copas de plata y escanciada con primor por doncel envarado por el pulso del amor.

La copla de Al Matafi hizo reír al ciego, que tomó una de las cartas de la mesa y empezó a leer en voz alta. Cada uno de nuestros acompañantes eligió un plato. Pronto me llegó el turno.

-Patatas a la riojana.

El ciego dejó la carta sobre la mesa y una camarera se nos acercó. Vestía de mesonera, con una camisa blanca de volantes y minifalda ahuecada, unidas ambas prendas a su cintura por una faja de color verde que contrastaba con el negro de la falda. Debajo de la minifalda un pantalón vaquero cubría sus piernas. Sobre la cabeza un pañuelo atado a la nuca con un lazo, al estilo de los bandoleros antiguos.

-¿Podría traerme otro tenedor, por favor?

-¿Se le ha caido? No se preocupe. Yo lo recogeré. Se agachó con cierta pose remilgada, mitad cuclillas, mitad rodilla en suelo. Vió mi muslo lacerado, el charco de sangre sobre la tarima encerada, se tapó la boca ahogando un gritito y se marchó con paso ligero. No volvió a pasar por nuestra mesa.

Pidió el ciego para todos nosotros, entregándole la carta a la mesonera. Al momento sirvieron el jamón, el pan con tomate, una aceitunas de Obregón, otras negras y gordas aderezadas con eneldo y especias griegas, según comentó luego el ciego, unas gaseosas y tazones de sopa.

Todos sorbían la sopa, mientras que yo introducía una cuchara de madera casi plana, con la que tardaría algunas horas en vaciar la escudilla tamaño barreño que nos habían servido. Salfuman acabó su sopa, eructó con satisfacción y dio una palmada. Al momento la mesonera se acercó con una sopera de barro y le rellenó el cuenco.

-Anímese a sorber, mi querido amigo. Si no lo hace, el resto de comensales pensaremos que desprecia la comida. Y eso le traerá problemas. Le tacharán de desconsiderado y anti algo. Problemas. Muchos problemas.

Tiré la cuchara junto a la pata de la mesa, porque apenas restaba espacio sobre la tabla y me bebí la sopa. Cuando terminé, Al Batafi se puso de pie, se situó a mis espaldas y me atizó una palmada con fuerza en las vértebras lumbares. Tosí como recién atragantado, babeé y moqueé algo de sopa y por fin, eructé, emulando a los comensales. Todos se rieron a carcajadas, mientras yo restregaba la manga sobre mi nariz y me sonaba con un trozo de papel de cocina, que me tendía el ciego.

Con las patatas a la riojana y los segundos de mis acompañantes trajeron unos boletos. La camarera nos pidió que dejáramos los primeros en el suelo. Le hicimos caso. Se hizo algo de espacio sobre la mesa, así que cada uno de nosotros depositó su boleto junto a él, bien extendido para que se observaran los números.

Desde un estrado, un escenario pequeñito, esquinado, sobre el que destacaba un piano blanco de cola sentado al cual estaba un chimpancé vestido de domingo, una camarera se encaramó a la cola del piano, montó una mesa plegable, como las que se utilizan en la playa y sobre ella desplegó un bingo de juguete y un bastidor de plástico rojo.

Dio unas vueltas al bombo, cantó un número, se lo mostró al chimpancé, que a esa distancia era el único que podía verlo y lo depositó sobre el bastidor. Se bajó del piano. El mono recogió los bártulos y se marchó detrás de la camarera. Los comensales aplaudieron.

-¡Aquí, aquí! Grito uno de mis comensales.

-¡Le ha tocado, bazofilla europea, le ha tocado!

La camarera del bingo y el chimpancé se acercaron a nuestra mesa, con una gran cesta de plástico. La depositaron junto a mí, mientras el resto de clientes aplaudía y vitoreaba en todos los idiomas posibles. Me puse de pie e hice varias reverencias.

Para darme cuenta que a quien vitoreaban era a un hombre con gorro de cocinero, sobre el que se había colocado otro, de piel de marta, astracán o visón y con dos enormes orejeras recogidas sobre el tambor del gorro. Lucía un abrigo enorme, también de pelo, por debajo del cual asomaba un delantal, manchado de salsa mayonesa, tomate y azafrán. Saludó desde el pequeño escenario, se sentó junto al piano, esperó que llegara el chimpancé y se puso a cantar una isa canaria. Miré la cesta. Contenía todo lo que uno necesitaría para hacer una fabada o un guiso con judías: panceta, tocino, bacón, dos jamones curados, un saco de alubias blancas, otro de rojas, pimientos, tomates, una ristra de ajos, cebollas, vino blanco, tinto, pimentón, de todo y en gran cantidad. Habían colocado una banderola sobre una de las asas, medio enrollada, con el número 21 impreso en letras grandes. Miré el boleto que aún se encontraba en mi lado de la mesa: El 12. LA camarera o el chimpancé debíasn ser disléxicos. Pero no dije nada, porque según mi abuela, la cortesía del anfitrión la acepta el comensal sin rechistar.

Me senté y me levanté de un respingo. Alguien había ocupado mi silla mientras tanto, así que al sentarme noté algo a la altura de mi trasero. Me volví. El ciego hablaba con Al Matafi al otro lado de la mesa, mientras que de este lado permanecía sentado con los pantalones a la altura del suelo y su badajo o lo que fuera entre las manos.

Lo miré. No, no era eso. Lo que tenía entre las manos era una morcilla, lo que había en el suelo era una servilleta, no sus pantalones, y lo que decía era lo siguiente:

-Es a esto a lo que me refiero cuando hablo de bazofia europea. Comida desestructurada, hecha de retazos animales, pero con un sabor exquisito. Chorizo, gachas, migas, morcilla, chicharrones, sesos rebozados, yogur sabor plátano, macedonia de frutas, revuelto de setas y gambas, bazofia europea, lo mejor de lo mejor.

Me senté en la silla del ciego, que blandía con tal fuerza la morcilla que acabó por escaparse de entre sus manos, yendo a parar al escote de una dama, justo en la mesa de enfrente. La dama se volvió con la morcilla en la mano, miró al ciego y sonrió.

Dejé de observarla y me concentré en lo que acababa de suceder. Sentía remordimientos. Había pensado mal del pobre ciego. Y sin motivos, porque se había comportado con mucha naturalidad y corrección hasta entonces. Eso, hasta entonces.

Una mano comenzó a descender por mi espalda, hasta alcanzar mi sacro, introduciendo dos dedos entre la ropa y mi piel. Me puse de pie de un salto, lo que aprovechó la mano para alcanzarme de lleno, liberada de la presión de la silla sobre sus nudillos.

- ¡Que no, oiga, que no!

- Pero Pablo, hijo mío. Si esto es como el rascar.

- Le he dicho que no. Verá yo le tengo aversión a todo eso.

- Pero Pablo, hijo, al menos pruébelo una vez. Para decidir después.

-Ya lo he probado. Bueno, no exactamente así, pero casi. Hace cinco o seis años que mi abuela se empeñó en curarme un constipado de vías altas con un supositorio rectopulmo. Pero estaba caducado, así que acabé en urgencias y me tuvieron que hacer dos lavados. Uno de estómago y otro de ano.

-¿De estómago?

- Sí, porque lo que me había sentado mal era la cena. Sardinas en aceite. El rectopulmo sólo me provocó diarrea. O quizás fuera responsable la lavativa.

-Bueno, siendo así, sólo nos queda tomar una copita en el salón de baile. Y disculpe por las molestias, Pablo.

Salimos de allí hasta el salón de baile. En la puerta me recordaron que la cesta era mía, que la había ganado. Volví a por ella. Con la ayuda de dos camareras me la encaramé al hombro, como había visto muchas veces hacer al hombre del butano, antes de ascender los 9 tramos de escalera hasta casa con las dos bombonas y salí tambaleándome del comedor, camino de la sala de baile.

-Creo que primero voy a subir con la cesta a mi habitación. Ya bajaré luego.

-Déjela en el guardarropa Pablo. Ya habrá oportunidad de subirla.

Subí los dos pisos hasta la recepción. Y uno más, porque la sala de baile se encontraba en la entreplanta. Por el camino casi todas las personas con las que me crucé tuvieron que recoger algo de lo que se me iba cayendo. Me lo devolvían con un gancho, un mate o un tiro de tres puntos. La cesta pesaba cada vez más. Buen entrenamiento para lo que me esperaba.

Etiquetas:

29 de octubre de 2006

Pablo: The room remain the same

Antes de abandonar el extraordinario salón me topé de bruces con mi compañero de asiento durante el vuelo.

-Joven, joven ¡Me alegro de que se encuentre bien! Por casualidad, ¿dispondrá de tiempo durante la cena para hacerme compañía?

-Si señor. Hasta mañana dispongo de todo el tiempo libre.

-Entonces, a las 19:30 en la recepción. ¡No falte! Tengo una sorpresa muy especial para usted.

Se alejó de la entrada a la cafetería, hacia los ascensores. Yo opté por dar una vuelta y disfrutar de los escaparates, como si paseara por la calle Mayor de cualquier ciudad. Entré en el casino.

Porque los letreros luminosos me atraparon. En el interior, mesas y más mesas de juego, máquinas tragaperras y sonidos de campanillas que atraían a los curiosos, incluyéndome entre ellos.

Un hombre joven gritaba eufórico delante de una de esas máquinas jackpot con frutas en el visor y una enorme palanca lateral. El monedero rebosaba de monedas que relumbraban como si la propia máquina acabara de acuñarlas.

-¡Carajo, carajo, me las gané a las meigas, me las gané. Viva el 1!

Hablaba en español, pero con acento gallego. Recogió sus monedas dentro de una gorra azul marino, de esas que utilizan los capitanes de barco y salió corriendo hacia una de las mesas de juego, donde un grupo de personas rodeaban al crupier, gritando al unísono:

-¡UNO, UNO, UNO, UNO!

A lo que siguió un ¡Ah! sostenido por todas las gargantas, continuado por otro:

-¡UNO, UNO, UNO, UNO!

El hombre que llevaba sus ganancias en la gorra tropezó cerca de la mesa con una cadena que se había tensado, repentinamente, a su paso. En un extremo de la misma había una mujer con chador rojo y minifalda a juego; en el otro, una pantera negra, que rugió al notar el tirón en su collar.

Las monedas rodaron por el salón de juegos. Muchas personas se animaron a recoger monedas del suelo. Una de ellas, que gateaba debajo de una mesa a donde habían ido a parar algunas de ellas, fue golpeada con violencia por un hombre que consideró el acto como una ignominia para con la señorita que estaba a su lado.

-¡Bribón! ¡Bastardo! ¡Baboso! ¡Bellaco! ¿Salga inmediatamente del balconcillo!

Recogí una de las monedas que había ido a parar junto a mi y se la entregué al hombre que salía de debajo de la mesa. La recogió con una mano, mientas con la otra se restañaba el trasero del daño que las patadas le habían provocado.

-¡Gracias, amigo! Pumpido Ensoñador, para servirle.

Se acercó a la mesa de los Unos, le dijo algo a uno de ellos y enseguida le soltó un puñado de billetes que Pumpido cogió con su mano libre.

Me acerqué a la mesa, que era de ruleta y vi que encima del uno, rojo, había un montón de fichas de colores, mientras que el resto de la mesa permanecía vacío.

Cuando el crupier giró la ruleta, todos empezaron nuevamente con la cantinela:

-¡UNO, UNO, UNO, UNO!

Salió el uno. Y entonces Pumpido me besó en la frente. Como a un hijo, a un sobrino, a una mascota.

-¡Trajinos la suerte el joven varón!

-¡Apurar, que mañana será un día muy duro! Rodaremos la escena de la muerte del ermitaño Román en el malecón, con Antxon como testigo. Venga, venga, a cenar y a retirarse!

-Pero déjanos disfrutar, Pedro! Danos algo de tiempo.

Al que llamó Pedro quien había hablado en último lugar, se metió la mano en el bolsillo, sacó un buen puñado de billetes y se lo entregó a una chica de color, vestida con vaqueros deshilachados y camiseta negra ajustada, que lo cogió con la mano enguantada, mientras Pedro le decía:

-Cuando nos vayamos a cenar apuesta al uno negro y al uno y rojo, alternando entre las jugadas tres veces al negro y una al rojo. Acaba la serie jugando al 22 y par. Y anota todos los resultados en la agenda. Yo volveré cuando consiga acostar a todos estos.

-¡OK patrón! Le contestó la chica, llevándose la mano libre hasta la sién, a modo de saludo militar.

Cuando se marcharon opté por sentarme en un rincón, desde el que se podía ver la mesa de juego.

Un hombre de aspecto árabe se me acercó. Vestía una chaqueta corta, como de esmoquin, pantalón bombacho y botas de damasco, con la puntera vuelta hacia dentro. Tocaba su cabeza con un turbante recogido a la altura de la frente por una piedra de tonos verdes, que tanto podía ser una esmeralda como un ojo de cristal.

-¿Bazofia europea? Dijo, con una sonrisa, mientras tomaba asiento junto a mi y me enseñaba unos billetes. Las mesas de alrededor estaban ocupadas por hombres vestidos de la misma guisa que el árabe, que palpaban y estrujaban los carrillos de otros hombres y mujeres, en general más jóvenes que ellos. Mi acompañante me estrujó los mofletes con fuerza, hasta que mostré los dientes. Luego sonrió.

-Bazofia europea buena. Yo pago 3.000 por tu culo. Mil más por chupar.

Al tiempo metió una mano entre el asiento y mi cachete izquierdo, buscandome el ojete. Me acordé de la anécdota que contaba el tendero de mi barrio, el señor Julián sobre la primera ocasión en que tuvo que visitar al proctólogo, que era una mujer y cómo le había llegado desde el ano hasta la campanilla, con un dedo largo y frío como una lombriz de tierra.

Le solté una patada en la espinilla, un mordisco en la barbilla -del que luego me arrepentí, pensando que desde las otras mesas se vería mi gesto como una aceptación, no distinguiendolo de un morreo entre hombres libres- y una bofetada y salí corriendo hacia la puerta, arreglandome el pantalón, que con las maniobras del mariquita se me había metido por ahí.

Me dirigí al ascensor, subí hasta la planta, abrí la puerta de la habitación y me desvestí para pegarme una ducha.

Tiré las botas, el mono y los calcetines sobre el lavabo, cubrí el suelo con toallas, recordando el grito hipo-huracanado de mi madre desde la planta baja de la casa:

-¡No tires todo el agua al suelo, que se me llena la cocina de moho!

Porque el agua se filtraba por las juntas del solado y llegaba hasta el techo de la cocina, en el piso de abajo.

Dentro de la bañera, justo debajo de la ducha, había dos relojes con mandos digitales. Uno, para la temperatura del agua; el otro para la música. Lo supe porque en ambos había símbolos, como los que había visto en el aeropuerto. Hice coincidir cada aguja de los relojes con mi elección y esperé.

El agua salía a una temperatura agradable, como reflejaba la cara del símbolo donde había sintonizado. La música, coincidía con la que representaba el símbolo que había elegido: Un gorro triangular acabado en punta, como los capirotes que hacíamos de pequeños con las hojas de periódico, y dos coletas a los lados.

Sonaba el himno de la República Popular China. Lo sabía porque en el taller de Madrid, cuando el trabajo se retrasaba, Huan lo conectaba en un viejo magnetofón de cinta, a más revoluciones de las necesarias -aunque en esos momentos pensaba yo que ya habían tenido suficientes revoluciones allí- para acelerar el ritmo de trabajo. Mientras sonaba por la megafonía, los chinos cantaban en su idioma y yo tarareaba la versión en español:

De pie,
los que rehúsan la esclavitud!
Con nuestra carne y sangre, alcemos una nueva Gran Muralla.
La nación china enfrenta su mayor peligro,
y de cada pecho oprimido surge el último llamado.
¡De pie, de pie, de pie!
Somos millones de corazones que laten al unísono.
¡Desafiando el fuego enemigo, marchemos!
¡Desafiando el fuego enemigo, marchemos!
¡Marchemos, marchemos, adelante!

Mientras me duchaba sonó el teléfono. Había varios supletorios en la suite. Dentro del cuarto de baño sonaron tres. No, cuatro. Me acerqué la alcachofa de la ducha a la oreja y escuché la voz de mi compañero de vuelo, el ciego, como si me llamara desde las mismísimas cataratas del Niágara.

-Me querido Pablo, ¿Le pillo en mal momento?

-No, no señor, sólo estaba aseándome un poco, antes de cenar con usted, contesté.

-¿Cómo dice, Pablo? No le entiendo, hijo. ¿Puede repertirlo?

Alejé la alcachofa de mi oido, tosí todo el agua con la que acabaría por ahogarme y le grité al auricular, desde unos 50 centímetros:

-¡QUE ME ESTOY ASEANDO! BAJARÉ EN 10 MINUTOS

Escuché su respuesta, pero a esa distancia era ininteligible para mi. Así que me tapé la boca y la nariz con fuerza y me lo acerqué de nuevo al oido.

-...se han conocido esta tarde y tiene mucho interés en estrechar la amistad que está naciendo...

Solté la alcachofa y, con un esfuerzo tremendo de mi mano izquierda, conseguí que mi mano derecha dejara de apretar tanto sobre mi nariz y mi boca. Tomé aire, como si acabara de salir de una sesion de buceo y le grité a la ducha:

-¡DE ACUERDO!

Cerré los grifos, cogí una de las toallas, empapada, del suelo y me sequé la cara. Casi. Fui a la habitación y abri los armarios, uno por uno. Había gran cantidad de ropa, colgada y cubierta por las bolsas que les colocan en las tintorerías. También tenían etiquetas, escritas en varios idiomas, un bolígrafo de marca sobre el techo del gradén y un bloc para anotar el número de lo que se fuera utilizando.

Podían ser olvidos de viajeros anteriores o deferencia del hotel. No lo sabría si no preguntaba. Pensé que usarla costaría dinero. Y después de los precios que había visto en el ascensor, utilizarla no me pareció una buena idea. Busqué en los cajones. Llenos de ropa perfectamente doblada. también etiquetada. Encima de uno de los armarios había un altillo.

Acerqué el taburete del cuarto de baño y me encaramé para curiosear. Encontré lo que buscaba, ropa olvidada o colodada expresamente allí por los viajeros, toda desigual, pero al menos gratis.

Frutos del olvido o de alguna discusión de pareja, porque había ropa interior masculina y femenina, dos corbatas con el logotipo de las líneas aéreas KLM, un tenedor doblado y varias magdalenas mordisqueadas y cubiertas de hormigas, 5 zapatos, dispares, tres de mujer y dos de hombre, una chaqueta blanca, de camarero, con chorreras y hombreras, estas últimas de color verde, tres camisas de Iberia Líneas Aéreas, un frasco de colonia de Maderas de Oriente casi vacío, una camiseta roja de Riotinto Minera, con un enorme logotipo de ERT y unos pantalones de pintor, manchados al temple.

Lo abracé todo con las manos y me lancé al vacío. Aterricé en el suelo, cubierto de migas, por las magdalenas, y de hormigas, por las hormigas mismas.

Me probé el pantalón de pintor. Me estaba grande. Así que pasé por sus trabillas del una de las corbatas de KLM y me lo sujeté bien fuerte a la cintura. Me coloqué la camiseta roja, una camisa de piloto encima, la chaquetilla de camarero, dos zapatos de mi número, me perfume con un poco de la colonia que había encontrado y bajé a la recepción.

Allí estaba mi compañero ciego, con el árabe que me había intentado ligar y otros dos hombres, con el pelo largo, dividido por una crencha central y tocados con una boina diminuta, una de color rojo, la otra azul cielo. Eran gemelos o mellizos. Y sonreían. Mucho más al verme, como si se alegraran de volver a saludar a un pariente. Aunque yo no les reconocí.

Me acordé de una frase atribuida a Macbeth: "Una vez atravesado el límite subjetivo del valor no hay límite".



Etiquetas:

6 de septiembre de 2006

Pablo: Bazofia europea

Mi compañero de asiento se abalanzó sobre la azafata, empujándola contra uno de los troleys, de los carritos de servicio, al tiempo que exclamaba:

-¡Que tu dios te bendiga, rubita, carita de ángel, perfume de mis entretelas!

Se deslizó por la cinta de seguridad hasta darse de bruces con el asfalto de la pista. Las gafas le saltaron de la cara y cayeron junto al botín de una de las azafatas, que, exaltada por la sensación que le produjo notar el leve impacto de las mismas en su tobillo, las golpeo con furia, lazándolas bajo uno de los autobuses o jardineras que nos debían trasladar al aeropuerto.

Todos los viajeros se precipitaron delante de las puertas del primero de los medios de locomoción, estableciéndose una jerarquía espontánea entre ellos: Los fuertes y atractivos entraban primero; el resto esperaba en el suelo.

Logré deslizarme por la cinta de salvamento y aproximarme a la zona de autobuses, situándome unos metros por detrás de la última hilera de pasajeros. Dos de las azafatas se me acercaron e iniciaron uan animada conversación de la que no pude participar, a pesar de la atención que presté a sus palabras. Se expresaban en un lenguaje de signos que, si bien había disfrutado durante la transmisión de algún debate parlamentario por televisión, apenas había despertado en mi el interés por aprenderlo.

En este momento lamenté esa falta de curiosidad intelectual. Ambas mujeres se volvieron al unísono y me indicaron con las manos que me diera prisa, al tiempo que escuché:

-Señor, dese prisa, porque ese es el último autobús para llegar a la terminal.

Por un momento consideré la posibilidad de que los signos se convirtieran en sonidos en mi cerebro. No. Quien hablaba era el niño. Le di las gracias y me acerqué al autobús. Puse el pie sobre el primero de los estribos y me agarré a una de las barras, momento en el que uno de los pasajeros se desequilibró dentro del bus, girando sobre su propio eje y golpeándome en la cara con la enorme mochila que llevaba sobre la espalda.

Las puertas se cerraron, al tiempo que el estribo se recogía sobre sí mismo, por lo que di con mis huesos en el suelo. El autobús arrancó y minutos después me encontré sobre el remolque del tractor portamaletas, que se dirigía también a la terminal, pero siguiendo una ruta extremadamente zigzagueante. Cada vez que tomaba una curva provocaba la caída de alguno de los bultos sobre el cemento.

Al llegar a las troneras de la cinta transportadora le di las gracias al conductor por haberme acercado hasta la terminal. Me señaló la dirección que debía tomar para acceder a la sala de espera y me encaminé hacia allá.

Al entrar en la sala se produjo el silencio. Muchos de los pasajeros me miraron con cierto desprecio reflejado en sus rostros. A medida que surgían los equipales de la cinta transportadora y eran recogidos, la sala se vaciaba de pasajeros.

Caí en la cuenta de que yo no tenía equipaje, sino el pequeño hatillo con mis pertenencias, así que me encaminé a la salida. El aeropuerto era enorme. Tiendas, cintas transportadoras de viajeros, cafeterías y restaurantes, personal de las distintas compañías aéreas, personal de limpieza y de seguridad, pasajeros, cientos de personas moviéndose con gran velocidad, incluso corriendo.

Me fijé en los carteles y caminé hacia la salida. De repente me sobresaltó el sonido de una sirena. Casi todas las personas próximas a mi se arrodillaron al escucharla. Provenía de una torre decorada como una mezquita. Un almuédano se ayudaba de un sistema de megafonía para dar instrucciones.

Tropecé con algo y caí de bruces al suelo, estampando mi frente contra el linóleo o lo que fuera. Había topado con los zapatos de alguien, con un pie o una mano. Permanecí en esa postura de oración durante unos minutos, mientras el olor a pies y sudor iba creciendo a mi alrededor, acompañado de aromas a plátano y galletas de chocolate Príncipe. Me concentré en esos olores que paliaban en gran medida el olor profundo a queso de Cabrales que inundaba mi nariz.

Pasados unos minutos,que se me hicieron eternos, levanté la cabeza primero y la mirada después. En la torre no había nadie ya. A mi alrededor tampoco. Tan sólo un envase de galletas de chocolate, una cáscara de plátano -con la que debía haber tropezado antes- y un par de zapatillas viejas formaban parte del escenario. A lo lejos algunas personas se apresuraban por las cintas automáticas. Pensé que el olor podía haber provocado un vahído. O que me había quedado dormido. Por el cambio horario que se produce al volar. Claro que aún era de día.

Bajé por unas escaleras que terminaban en la entrada. Apenas quedaba gente allí; me fijé en dos personas, un joven con indumentaria que presumí árabe, por el turbante y la chilaba, debajo de la cual asomaban un par de zapatillas de baloncesto en tonos eléctricos y un hombre de mediana edad vestido con uniforme gris, botas de media caña y gorra de plato.

Pensé que era un militar. Se me acercó, me sonrió, tomó mi hatillo con un gesto de sorpresa y exclamó:

-¡Bazofia europea! Al tiempo que me sonreía con pleitesía, como si se dirigiera a un oficial de mayor rango. Sonó mi teléfono móvil.

-¿Si?

-¿Has llegado bien, Pablo? ¿Tú has llegado ya?

-Bueno, sí, acabamos de aterrizar. Gracias por enviar a alguien a por mi.

- No te pleocupes. Ese muchacho tlabaja pala nosotlos. Él te acompañalá hasta el campamento. Y mañana te plesentalá a nuestlo diustlibuidol en los Emilatos. Pablo, es muy impoltante que tomes nota de lo que te digan mañana y también de lo que veas, polque el contlato de colabolación puede acabal en fiasco pala todos nosotlos. ¿Tú entiendes?

-Si Huan. Clalo que entiendo.

-Pues mañana templano te volvelemos a llamal. Que descanses.

El uniformado echó a andar muy deprisa. Guardé el móvil en uno de los bolsillos laterales y le seguí hasta un aparcamiento. Sacó unas llaves de su bolsillo, pulsó un botón y un enorme coche plateado se nos acercó, al tiempo que las puertas delanteras se abrían sin la intervención aparente de alguien.

Hice intención de sentarme en el lugar del copiloto, pero el conductor negó con la cabeza y dijo:

-Bazofia europea, detrás.

Tomé asiento en una de las butacas de piel blanca. Estiré los pies, pero no alcancé a tocar los faldones de la mampara que separaba el espacio del conductor de la cabina trasera. Era impresionante. Estaba rodeado de botones, espejos, repisas y pequeños armarios de puertas en madera lacada en negro. Pulsé uno de los botones, se abrió uno de los armaritos y apareció un mueble bar repleto de cosas buenas. Tomé unas galletas y un vaso de algo que parecía leche, algo fuerte y con sabor a coco.

Calculé que el trayecto hasta el campamento no nos llevó más de 15 minutos. El chófer -al final descubrí su profesión, sí señor- me abrió la puerta, me entregó mis pertenencias y me acompañó hasta la puerta de un edificio gigantesco y lujoso que no concordaba con la idea de campamento que guardaba en mi memoria.

Al notar nuestra presencia, las puertas se abrieron, al tiempo que aparecían dos personas, también uniformadas, dispuestas a ayudarnos. Recogieron mi hatillo y salieron disparados hacia el ascensor. Quise seguirles, pero el chófer me retuvo:

-You must pass through the reception, previuosly, sir!

Comprendí que estuviera "deception" conmigo, aunque apenas nos conocíamos.

Me empujó hasta el mostrador de la recepción del hotel. Una hermosa señorita me atendió. Me entregó una tarjeta que tenía impreso un número y me dijo, sonriendo:

-May I have your credit card number? Just for security reasons, sir.

Entendí algo sobre crédito. Supuse que se refería al crédito de que disponía en el campamento de lujo.

-Disculpe, señorita pero yo pienso que la habitación ya debe estar pagada.

-Basura europea, la señorita necesita el número de la targueta. El chófer vino en mi ayuda. No se para qué la necesitarían en ese momento. Por otra parte yo no tenía tarjeta de crédito. Me decidí por intentar llamar a Huan y aclararlo. Busqué en mis bolsillos el móvil, pero lo que encontré primero fue la tarjeta que me había entregado Natalia en Valencia. Preciosa, de plástico, con sus datos personales, su dirección, el número de teléfono de su domicilio y el de su móvil. Al acordarme de ella esbocé una sonrisa, que mis interlocutores imitaron.

El chófer me quitó la tarjeta de la mano y se la entregó a la recepcionista, quien apuntó los números de Natalia en una hoja de registro, me la devolvió y dijo:

-Buenas noches, bazofia europea. Que descanse.

-Mañana yo aquí a las siete. Congreso empieza a las ocho.

-De acuerdo, señor. A las siete estaré aquí.

El chófer se dió la vuelta y salió del hotel. Yo me encaminé a un ascensor. Había más de uno, así que pulsé varios botones. En breves momentos se abrió la puerta de uno de ellos. Había otra persona dentro de él. Saludé y entré. ¿A qué planta tenía que ir? El hombre miró la tarjeta que yo tenía en la mano y apretó el botón de la planta 22. Le di las gracias y mientras alcanzábamos nuestro destino curioseé entre los vistosos carteles que decoraban la cabina del elevador.

Estaban redactados en inglés, así que lo único que entendí un poco eran los números. ¡Dios mío, qué precios! Junto a una reproducción de un bol con huevas de pescado, como las que traía mamá por Navidad a casa, huevas de lumpo danés, había una cifra de 1653 DEUA. Pensé que le faltaba una letra. Así que supuse que se referían a deuda. Desde luego, quien decidiera tomar esas bolitas en el restaurante se encontraría con una buena deuda.

El señor del ascensor se dirigió a mi, ya que no había nadie más en el ascensor y dijo:

-Very expensive, isn't it?

Lo de beri lo entendí porque en el colegio había estudiado inglés. De hecho había sacado muy buenas notas. Mejores incluso que en Literatura. Así que me atreví a contestarle en inglés:

-It is this products eggs? Fish eggs, perhaps?

-¿Basura europea?

-No, basura no, huevas, eggs, fish eggs. Well there times were eggs come from Dinamarque. Al menos, my mother buy fish eggs from lupus.

-Basura europea.

Nuestra conversación terminó precipidamente. Salí del ascensor y le dije a la persona que me había acompañado:

-Thank you, sir. You are very simpatic with me.

-You're wellcome, sir. Good night.

Por fín iba a tener la oportunidad de hablar en inglés. Un trabajo en el extranjero es lo que me hacía falta para crecer profesionalmente. Cuando volviera a España. Me acordé de mamá y de la abuela. También de mi hermana, aunque un poquito menos.

Encontré la habitación, pero la puerta no disponía de cerradura. Pasé la tarjeta por toda su superficie. Nada. Le di la vuelta y me la acerqué a la cara, tratando de descifrar las instrucciones.

Un rayo salió del quicio superior, se posó sobre la tarjeta, sonó un cerrojo y se abrió. Varias luces se encendieron al tiempo, mostrando un verdadero palacio de ventanales que daban directamente al mar, espejos y telas de todos los colores.

Entré en el cuarto de baño, me lavé la cara, pero no encontré una toalla. Todo parecía ser electrónico. Una carcasa metálica, como un secador de manos, se giró hacia mi y expulsó aire templado a la altura de mi flequillo. Me puse de puntillas y conseguí secarme. Decidí que era muy pronto para dormir. De hecho sólo eran las siete de la tarde en Madrid. Claro que aquí, no tenía idea de la hora. Miré por la habitación: abrí los cajones, miré dentro del armario. Encontré practicamente de todo. Incluso un traje negro, chaqueta con las solapas brillantes, una camisa con chorreras, una pajarita. Lástima que no hubiera zapatos. También había un batín a cuadros, almohadas de todos los tamaños, un mueble bar...

Estaba impresionado con todo este lujo. Debía ser carísimo. Encontré un libro junto al televisor, una pantalla gigantesca que se encendió al acercarme a ella y me habló. En la pantalla apareció un listado de palabras. Entre ellas Español. Acerqué mi mano a la pantalla y la voz cambió:

-Señor Natalia, bienvenido al hotel Burj Al Arab. Nuestro personal estará encantado de atenderle y satisfacer todos sus deseos. para contactar con su servidor personal, diga 1.

-Uno.

Segundos después llamaron a la puerta. Al acercarme, la voz del televisor dijo:

-Acerque su tarjeta universal al detector.

Miré alrededor y no descubrí detector alguno. Volvieron a llamar a la puerta, más fuerte. Se me cayó la tarjeta. Se abrió la puerta. Así que el detector es la placa metálica del suelo. Alguien me tocó en al espalda. Me giré, a cuatro patas, miré hacia arriba y descubrí a una mujer muy joven, vestida con una túnica blanca, un pañuelo sobre su cabeza y una preciosa sonrisa.

-¿En qué puedo ayudarle señor?

-¡Oh! En nada. Muchas gracias. Sólo estaba probando la televisión.

-Si me necesita basta con decir ¡uno! vendré inmediatamente.

-Gracias, muchas gracias. De pronto me acordé. Mañana tendría que levantarme muy temprano.
Y apenas si traía equipaje. Así que aproveché su presencia.

-¿Sabe dónde puedo conseguir un despertador?

-Sí señor. En la planta baja encontrará un surtido de joyerías. Y si no le convence, puedo buscarle un medio de transporte para trasladarle donde guste el señor.

-Gracias, gracias. Pero así está bien.

-Le acompaño entonces.

¿Me acompaña? No sé a dónde, pero le hago caso, así que me pongo de pie, guardo la tarjeta en el bolsillo y salgo. Ella me hace indicaciones hacia el bolsillo, así que vuelvo a sacar la tarjeta, la toma en su mano, apunta al detector cerca del techo y la puerta se cierra.

Bajamos en el ascensor. Ella me deja entrar primero, pese a mi insistencia en entrar después.

Cuando llegamos a la planta de la recepción gira a la izquierda, encaminándose a una zona que me recuerda a un centro comercial, una tienda junto a otra. Se detiene delante de un escaparate repleto de joyas y relojes: Bulgary reza el rótulo de la entrada. Empujó la puerta y entré.

-Buenas tardes. ¿Tienen despertadores, por favor?

-¡Ah! Bazofia europea. What can I do for you, sir?

Tocaba seguir practicando inglés.

-Do you have a Casio watch with a ring?

-Pardon?

- Un reloj, barato, con sonido de despertador. O un despertador sencillo. No parecía entenderme, así que simulé el sonido de uno: ¡Riiiiiiing! Mientras agitaba mi mano derecha como si sujetara una campanilla.

El dependiente entró en la trastienda y salió con una campanilla dorada y adornada con pedrería.

-No, no un ¡Riiiiiiinnnnggg! Y agité efusivamente las dos manos.

Volvió a entrar y salió con un muestrario de pulseras. Entonces se me ocurrió. Me acerqué la muñeca a la oreja mientras emitía un ¡Tic tac! reiteradamente.

-¡Ah! Yes. Sus ojos adquirieron una mayor expresividad, como si brillaran y su dedo índice señaló hacia mi, moviéndose arriba y abajo con rapidez, en señal de ¡Ya lo tengo!

Parecía que por fin nos podríamos entender.

Salió con una caja entre sus manos que depositó sobre el cristal del mostrador. La abrió y sacó un reloj dorado de marca Rolex. Lo expuso delante de mi, tomó mi muñeca derecha y me lo colocó.

-¿Es despertador? ¿Me llamará por la mañana?

-Yes, it's a new Yatch Master watch, terrific. Please, would you mind bring me the card, sir?

Extendió la mano y yo extendí la mía. Cogió la llave formato tarjeta, la pasó por un lector y me hizo una reverencia.

Así que salí de allí con el reloj en la muñeca y la caja en la mano izquierda. Al fondo de la rotonda que formaban las tiendas había unas mesas de cafetería. Me acerqué a una de ellas y tomé asiento. Abrí la caja y busqué el libro de instrucciones. Era muy grueso, y estaba escrito en numerosos idiomas. Busqué el mío.

Pero antes de encontrarlo una señorita, que debía ser la camarera, colocó delante mía una bandeja con una tetera, una taza, una jarrita de leche, un trozo de pastel y una copa de champán o de agua mineral de color amarillo. Sería esto último porque los musulmanes no beben alcohol. Encontré las instrucciones para el reloj en español. ¡Qué suerte! La camarera dejó una nota sobre la mesa. 390 DEUA. Bueno, todas las máquinas parecían fallar por aquí. Menos mal que la tarjeta cubría de momento las deuas, o sea las deudas.

Etiquetas:

2 de julio de 2006

Pablo: Demasiado corazón.


La bandeja del almuerzo incluía una fuente diminuta de lo que parecían ser crustáceos pero de tierra -unos escorpiones y grillos de color gamba, coronados por un insecto palo más grande- en salsa de arándanos, bolitas de queso a la malvasía -«uvas y queso saben a beso», decía mi hermana al sentarse a la mesa cuando estaba enamorada-, areniscas del golfo en ensalada, pan de dátiles, caviar beluga y guisantes europeos.

Todo el menú se detallaba en una tablilla de barro, grabada en varios idiomas. Mi compañero de viaje utilizaba los cubiertos de tamaños diversos con extraordinaria habilidad. Yo le seguía en los movimientos. Terminamos al mismo tiempo y nos retiraron las bandejas. Él se puso de pie y se dirigió al bar central que dominaba esta parte de la aeronave. Me hizo una seña para que le siguiera.

-Tomaré un Gin Fizz ligero de seltz y con poca espuma. A mi compañero sírvale un zumo de bergamota licuada con esencia erdbeere o fresa y angostura helada.

Me senté en uno de los sillones, junto al ciego.

-¿Es su primer viaje a los emiratos, Pablo?

-Así es señor. De hecho se trata de mi primer vuelo.

-¡Ah! ¿Y puedo saber el motivo?

-Viaje de trabajo, señor. Un encargo de mi jefe.

-Inspira usted mucha confianza. Al menos a sus jefes, ¿No es así, Pablo? Yo, en cambio, soy mi propio dueño. Trabajo como técnico independiente, contratado por diversos gobiernos, según las circunstancias.

-Y puedo preguntarle a qué se dedica, señor.

-Soy técnico en aromas. Un catador de olores. ¿Ha leido la novela El Perfume, de Sueskind? Pues, sin dedicarme extrictamente a lo mismo, mis habilidades son similares a las del protagonista.

-No la he leído, señor. Pero se que hay personas que catan vino, incluso aceite. Y que pueden averiguar la cosecha, la procedencia, la graduación. Es una profesión muy intrigante.

-¿Intrigante? Defínase, Pablo.

-Bueno, lo que quiero expresar es que yo, por ejemplo, no distingo un vaso de leche fresca de uno que contenga leche en polvo disuelta en agua; ni tan siquiera lo consigo con la leche agria o cortada. Todas me saben a leche. Por eso que una persona pueda conocer tantos detalles sobre productos que a primera vista y sabor son idénticos para mi, me intriga. Como si se tratara de una especialidad de magia, un truco incomprensible y maravilloso.

-Eso es muy fácil. Basta con ensayar. A lo que yo me dedico hoy día es , digamoslo así, a catar, pero no productos. Esto ya lo hice en mi juventud. Ahora me contratan para hacer lo mismo con personas.

-¿Con personas? No lo entiendo.

-Pablo, no sea ingenuo. Mi profesión actual consiste en identificar la procedencia de las personas. Muchos países mantienen cuotas para la emigración. Como ya sabrá.

-Pues no tenía idea. Sé que no se puede viajar sin autorización o visado a USA ni a otros lugares de la tierra, pero no había oído hablar de cuotas.

-Muchos países limitan la entrada de los naturales de otros cuando se alcanza cierto número, con el objetivo de que las minorías jamás puedan llegar a dominar. Por ejemplo, en USA se limita la entrada de los originales de ciertos países cuando la han superado. Usted, como es español, por ejemplo, no tendría problemas en emigrar allá por un período de hasta 10 años. Hay pocos españoles en ese territorio. En el caso del gobierno de Dubai, han iniciado la misma política respecto de las mujeres de países africanos y europeos. Dubai tiene zonas donde la población de hombres duplica a la de mujeres, por lo que el gobierno es muy generoso en su politica de emigración. Pero en la actualidad hay demasiadas mujeres ugandesas y muy pocas etíopes, por ejemplo. Tampoco abundan las de origen ruso, aunque sí las ucranianas. Así que su gobierno me ha contratado para que les ayude a identificarlas.

-¿Y usted puede distinguirlas?

-¡Naturalmente! No necesito verlas, me basta con su aroma. Son completamente distintas. A veces a la hora de los aromas, me cuesta más diferenciar a una rusa blanca de una etíope de Awasa, una región del sur, muy turística, donde existen profundas raíces blancas, si me permite la expresión. Pero con respecto de una mujer ugandesa, no existe la menor posibilidad de error.

-¿Y cómo lo hace, señor? ¿Cómo las huele?

-Primero les pregunto de dónde son. Si me lo dicen abiertamente, mi trabajo se acabó en ese momento. De lo contrario, giro alrededor de ellas y recojo muestras de su sudor, sus fluidos nasales, cerumen de los oídos, saliva, en fin, de esas cosas, en recipientes especiales que cierro herméticamente delante de ellas. Normalmente, antes de recoger la última muestra confiesan su origen.

-¿Y si no lo hacen?

-Casi nunca sucede. Prácticamente el mundo entero ha visto alguna película de detectives, alguna noticia donde el análisis genético del ADN se impone como procedimiento de identificación. Piensan que les voy a someter a uno de ellos, que han sido descubiertas, así que prefieren confesar su origen antes de que lo haga yo. Y si alguna vez no lo hacen, entonces las huelo directamente y tomo mi decisión. Pero este método es más arriesgado cuando hay mujeres rusas que cuando sólo hay ugandesas y etíopes.

-¿Y porqué señor?

-Porque a las etíopes les encanta perfumarse tal y como lo hacen las rusas. Debe ser una tradición adquirida en la época de la Guerra Fría. Cuando sólo les ayudaba la Union Soviética y Cuba, porque tenían un gobierno marxista. En ese caso me equivoco fácilmente. Todas ellas huelen a Krasnaya Moskva, Moscú Roja.

-Podría tocarles el pelo.

-¿Qué?

-Que tendrán el pelo muy diferente, señor. Así, ensortijado y fosco unas, lacio y liso otras.

-¡Qué buena idea, Pablo, excelente! Lástima que en calidad de experto en aromas no pueda utilizar las manos durante los análisis, porque perdería mi licencia, incluso podrían denunciarme los que dispongan de carnet de manipuladores, por intrusismo. Aunque quizás pudiera discernir las características organolépticas del pelo de ambas razas saboreándolo un poquito. Bueno, salvo cuando se lo hayan teñido. Lo estudiaré. Muchas gracias por la sugerencia. Ahora, si me permite, voy a dormitar un poco.

Y empezó a roncar.

Di una vuelta por esta zona del avión. Detrás de una mampara de cristal azulado se abría un espacio circular con varias tiendas, todas decoradas en maderas oscuras, mostrando dulces, bebidas, juguetes, relojes, ropa. Un pequeño centro comercial dentro de un avión. En una de las tiendas el niño a quien le había cambiado el asiento jugaba con una muñeca idéntica a las que se fabricaban en el taller de Xuan. Me acerqué y observé que el juguete tenía dispuesta la pequeña cuerda de algodón en la espalda, en lugar de entre las piernas, como en las originales. Aunque no dudaba que estas lo fueran. El niño tiró del bramante y dijo:

-Está rota. No hace nada.

-Déjame que te ayude.

Tiré de la cuerda y efectivamente nada ocurrió. Le di vueltas a la muñeca para descubrir el mecanismo. No se veía ninguno. Estaban terminadas como las que hacíamos en el taller, pero sin sorpresas. Un auténtico enigma.

La madre del niño apareció justo mientras curioseaba entre sus piernas.

-¿Enseñándole sexualidad a mi hijo? Pues no se moleste, porque en el colegio les dan clases. ¡Asqueroso!

Me puse colorado, balbucí un «solo estaba buscando el regalo», mientras ella, con gesto enojado, tiraba del niño escaleras abajo.
«Señoras y señores, en unos momentos aterrizaremos en el aeropuerto internacional de Dubai.»
Acudí a mi asiento y me abroché el cinturón, en el momento que el avión iniciaba el descenso. Por la ventana pude ver que estaba lloviendo. Y yo que pensaba que esto sería un desierto.

Mi compañero de asiento se aproximó ayudado por una persona de la tripulación. Tomó asiento, se abrochó el cinturón y exhaló un suspiro de satisfacción.

-No hay nada tan extraordinario como el aroma de una verdadera etíope de Awala. Una sabia combinación de naturaleza y distinción. Una raza que exuda perfección, una combinación de genes insuperable. Claro que a usted, Pablo, toda esta verborrea le sobra, porque ha disfrutado del privilegio de observarla. Cómo le envidio en estos momentos, señor mío.

-¿Se refiere a la azafata, señor?

-¡Naturalmente!

-Es blanca, señor. Blanca y rubia.

-¡El perfume! Me ha vuelto a confundir el perfume. Si algún día se decide por cambiar de profesión, Pablo, quizás pudiéramos llegar a un acuerdo de colaboración. Entre tanto, procuraré utilizar su método cuando tenga que asegurar el diagnóstico. Aunque el pelo en las papilas gustativas me provocará, indudablemente, arcadas, ese fenómeno incontrolado, fruto de la musculatura interna de nuestro organismo. Una vez conocí a un fakir que sí tenía condiciones para controlar esos movimientos espamósdicos que tan...

Un fuerte impacto contra algo, el suelo, quizás, nos sacó inmediatamente de la conversación. Del techo saltaron una bolsas, unas mascarillas de oxígeno. La gente gritaba en muchos idiomas distintos, cayeron equipajes sobre los asientos. Las botellas del bar se hicieron añicos al chocar unas contra otras. Muchas luces de emergencia comenzaron a parpadear y un sonido ululante, una sirena amortiguada, inundó la cabina.

-"Permanezcan en sus asientos, por favor. Todo ha pasado ya. Una rueda ha explotado. Pero no existe peligro alguno. ¡Ay! Sigue tú, por favor, que tengo ganas de llorar."

-"Señoras y señores pasajeros, mantengan la calma, por favor. Un fortuito contratiempo ha provocado este accidente. Pero hemos tomado tierra, así que en apenas quince minutos serán desembarcados por las puertas de emergencia. Les pido tranquilidad. En unos minutos, repito, se encontrarán en la terminal del aeropuerto. Muchas gracias por volar con... Confiamos en verles de nuevo a bordo".

Por la ventanilla pude ver al niño y a su madre deslizándose por una rampa hinchable, de color amarillo. Detrás de las dos figuras, otras muchas se precipitaban por el tobogán de seguridad. Mi compañero de viaje se había desmayado. Intenté colocarle la máscara de oxígeno, pero al notar el contacto de mis manos, me soltó un sopapo.

-¡Qué hace usted, oiga! ¡No me toque! ¿Dónde estoy?

-Tranquilícese, señor. Ya hemos aterrizado.

-¡Ah! Eres tú, Pablo. ¿Vas a permitir que te tutee a partir de ahora? Somos dos supervivientes. ¿Se ha salvado alguien más?

-Todo el mundo, creo. Ahoran están evacuando por unas rampas a las personas del piso inferior.

-Pues deberían encargarse de nosotros, que por algo viajamos en clase preferente.

Desde el suelo de la pista el niño me saludaba. Su madre me hizo dos cortes de mangas, mientras escupía al aire. El torbellino de los motores aún encendidos hizo que la flema se estrellara contra su pelo. Una azafata se acercó a nosotros.

-Ya pueden desembarcar. Les ayudaré a llegar hasta las escaleras y luego hasta las rampas de salida.

-Esta mujer tiene el aroma de las estaciones de metro de Moscú, el Armitage, las canciones y la tristeza que embarga a toda la Rusia blanca desde sus orígenes. Maravilloso país, expléndida la belleza de sus mujeres.

Era negra, del color del azabache, con un enorme tocado sobre su pelo, un traje multicolor y algo de sobrepeso. Una auténtica representante del pueblo nigeriano. Yo también quería salir de la aeronave.

Etiquetas:

26 de junio de 2006

Pablo: Próximo destino. Dubai.


Entré en el autobús llevado por el ritmo que imponían el resto de pasajeros. Nos habíamos convertido en una riada , seiscientas personas invadidas por la urgencia.

Sujeté con fuerza mis posesiones, por temor a perderlas entre los pies de tantas personas y me adentré en el autobús. Era doble, de los que poseen una plataforma circular en el medio que sirve de articulación a los dos vehículos.

Siempre he creído que se trataba en verdad de dos vehículos. y que por avatares y circunstancias se convertían en uno fruto del desgaste del motor de uno y de otras piezas en el otro. Un trasplante del que ambos, donante y receptor salían bien parados.

Me quedé junto a la plataforma, bien agarrado a una de las barras blancas de seguridad. De éstas colgaban unas cinchas de cuero envejecido. Até a una de ellas mis cosas y esperé a que se llenara el bus. A medida que entraban pasajeros, el espacio que ocupaba en la plataforma se iba reduciendo.

Para cuando el conductor decidió arrancar, me encontraba aplastado entre el poderoso brazo de un jugador profesional de algún deporte -Lo sé porque llevaba una medalla de oro, enorme, del tamaño de una pequeña ensaimada, pendiente alrededor de su cuello por una cinta confeccionada con los colores de Francia- y las botas del niño, a quien su madre había decidido proteger de la barahunda tomándolo en brazos.
Una patada del niño en mis testículos me obligó a doblar la rodilla.

Arrancó el autobús. Mi barbilla se encajó en el biceps del deportista, así que con cada giro de la plataforma y la consecuente tensión de su biceps, mi cabeza subía y bajaba. Las patadas del renacuajo se hicieron más frecuentes.

-Estate quieto, Jaime, hijo. Le espetó la señora. La última patada me dobló ambas rodillas.

Afortunadamente el biceps del campeón no cedió un ápice. Un giro del conductor provocó la misma respuesta de la plataforma, con lo que los pies del niño quedaron a la altura de otra persona. Miré las caras que me rodeaban.

La mueca de dolor de un árabe con turbante de color amarillo me sacó de dudas. Moví los talones hasta quedar pegado a la madre del niño. Si volvíamos a girar lo haríamos también nosotros tres, al unísono.

Se detuvo el autobús, abrieron las puertas que, cual vomitorios de estadio de fútbol, nos expulsaron a la pista aérea. El avión apareció frente a mi, majestuoso, Tan alto como un edificio de pocas plantas.

-Mamá es un 380, un Airbus.

Fuera porque viajaba mucho o porque le gustara coleccionar aviones de plástico o cromos, el muchacho de las botas demoledoras me sacó de dudas. Entré por una de las puertas traseras y le mostré el billete a una de las personas de cabina. Pasó un aparato lector por encima de él y oí mi nombre mientras una luz parpadeaba durante unos segundos sobre un asiento.

Me encaminé hacia la luz, hacia el asiento. Justo delante de otra de las puertas, abierta en este momento. Me senté colocando mis cosas encima de las piernas. Una vez acomodados todos los pasajeros, se cerraron todas las puertas.

Desconocía la duración del vuelo. Me dispuse a dormir un rato, aunque la excitación me impedía cerrar los ojos.

-Señor.

Se dirigían a mi. La hermosa señora o mamá con el pequeño Iván el terribe.

-¿Sí?

-Verá. Quisiera cambiarle el asiento. Es que el niño ha tenido una premonición, que el avión se va a estrellar en el mar de Omán. Y como nuestros asientos están más alejados de la salida de urgencias que el suyo y el de este amable señor -miré a mi izquierda. Un hombre con un bastón blanco entre las manos, asentía a las palabras de la señora.

-Será un placer señora. Sólo dígame donde he de sentarme.

-Arriba. Tenga. Ya le indicará su azafata.

Me dirigí a la parte delantera del avión, caminando detrás del ciego. Subí por la escalera y me encontré en un espacio diáfano, con una barra bar en el centro, varios butacones y sofás alrededor y mucho personal de servicio o de cabina.

-¿Permite, señor? Guardaron mis cosas en un armario, me acompañaron a uno de los asientos, me abrocharon el cinturón y me dieron conversación y una copa de champán, hasta el momento del despegue. El ciego, a mi lado, ojeaba una revista. Bueno, pasaba las hojas. A veces se sonreía.

En pleno vuelo, volvieron las atenciones. Delante de cada uno de los pasajeros, del ciego, de mi, del resto de personas que permanecíamos sentados en esta zona del avión, colocaron una bandeja encajada en las aberturas inferiores de los brazos del asiento. Lo hicieron, así de repente, una docena de jóvenes, ataviados con uniforme negro de plexiglás, gorra motera negra y sandalias romanas sujetas a la altura del peroné, que ubicaron cada una de las bandejas que portaban. Los pasajeros nos mirábamos, mientras una banda de músicos amenizaba la apertura del catering: Varias cestitas de plástico, una botella de champán, una copa también de plástico. Frutos secos, caviar y ensalada dominaban el ágape.

El ciego, a mi lado, deshacía cada envoltorio con primor. Al abrir una cestita que contenía una gran variedad de hojas verdes exhaló un gran suspiro, mostrando unos dientes blancos, alineados, mientras rezaba:

-Rúcula del Sur, Canógigos de La Bretaña, Orejones Brasileiros, Nuez Americana. Aceitunas del Ática, negras y grandes, dulces como el almíbar de Orcil. Desafortunadamente, falta una pizca de sal kosher para alcanzar la perfección. Y que no hubiera sido preparada por manos gentiles, claro.

No me atreví a hacer comentarios sobre el recipiente que acababa de abrir yo. Un sandwich de dos rebanadas con algo dentro. Cuando estaba a punto de hincarle el diente, mi compañero de viaje, comentó:

-Estimado Pablo, debería aprovechar la gentileza de la compañía de catering que abastece a esta aerolínea transoceánica, haciendo uso de la salsa HP, que nos brinda en generosas dosis individuales.

Pablo, Pablo. Supo de mi nombre por algo que dije, por la azafata o por mi olor. ¿Cómo huele un Pablo? Cualquier Pablo, quiero decir. ¿Olemos? Si. Pero ¿a qué?

Etiquetas:

20 de junio de 2006

Pablo: Manises Airport

El vehículo era un coche en verdad distintivo. El interior, pintado en tonos celestes, con algunas nubes algodonosas y un sol naciente entre ellas, no respondía a la idea que yo me había hecho de los coches funerarios. La presencia del ataud me había sobresaltado un poco, aunque me tranquilizó su uso como mueble bar o nevera portátil. Me entretuve leyendo las etiquetas de las botellas, todas en caracteres chinos, salvo dos que tenían otros, quizás árabes.

Alguna de las tres figuras puso en marcha un sistema de sonido poderoso. Sonaba música religiosa, como un Requiem; Bien podía tratarse del creado por Mozart. Mi abuela hacía sonar esta música con frecuencia, porque le ayudaba a concentrarse mientras hacía punto de arroz. «Con esta música siempre cuento los puntos del derecho y del revés sin miedo a equivocarme. En cambio, si tu madre cambia el disco por unas rumbas, al final he de deshacer la labor».

Al atravesar una pedanía surgió, como de la nada, un semáforo en rojo. El vehículo frenó en seco. Los cojines de la pequeña figura que conducía se deslizaron del asiento. La fallera se cayó hacia adelante. Una de las espigadas falleras la volvió a ubicar sobre el asiento mientras la tercera sujetaba los cojines deplazados, para que el conductor alcanzara la altura necesaria.

Durante la maniobra, el vehículo se desplazó hacia la derecha, por un pequeño terraplén. Ninguna de las tres reaccionó y yo no podía intervenir desde la caja del vehículo, así que éste se empotró contra la cerca de un almacén de figuras de jardín, de esas de escayola. Varias de ellas aterrizaron sobre el capó. Dos ángeles y un enano de jardín, policromado. Con el choque mi cabeza se estampó contra la tapa del feretro blanco, que se cerró.

Noté el dolor en la cabeza así como en una pierna. Algo me había arañado el trasero. Me acordé del telefóno móvil. Aprovechando la confusión marqué el número de urgencias el 112. Los chinos se giraron al tiempo, extrayendo del escote de su vestido tres punzones idénticos, en forma de alcayata gigante, con los que me apuntaron señalando al corazón. Me asusté. Creí que iban a ensartarme. Tres enormes agujeros sobre mi pecho y sólo dos manos para contener la hemorrágia mientras llegara la ayuda. Confiaba en la duración de la batería del teléfono.

Tras la segunda señal de llamada, que sonó al máximo volumen, por el altavoz exterior, escuché una voz que me resultó conocida, aunque se expresara en un extraño idioma:

-谁是我的电话,这一次fucking杂种

-¿Xuan? Contesté. Los tres chinos falleros se pusieron al unísono de rodillas sobre el asiento, escondiendo las armas.

-¿Pablo? ¿Cómo me has localizado?

-Me han secuestrado, Xuan. Tres señoras falleras disfrazadas de orientales, hemos tenido un accidente, me he asustado y he marcado el 112, el teléfono de ayuda.

-Has malcado el 778, como en una calculadola. Este es mi númelo de segulidad. Sabía que elas bueno, Pablo. Pelo no tanto. Tienes que hacel el tlabajo. Déjame hablal con ellos. Con el pequenio Ling Piao.

Así que me había confundido. Había marcado las teclas inferiores, las de 123 que en un teléfono se corresponden realmente con las de los números 789 en una calculadora. Teclados caprichosos. Benditas casualidades.

-Pueden oilte, Xuan. El altavoz suena muy alto y clalo. ¿Qué tlabajo, digo, trabajo es ese?

-Ya te lo contalé cuando lleguéis al aelopuelto. Ahola, déjame hablal con ellos.

Coloqué el teléfono sobre el ataud. Los chillidos de Xuan eran tan altos, que el requiem se convirtió en inaudible, como una sintonía de fondo, un leve acompañamiento para el locutor.

Cuando terminó de gritar por el teléfono, las falleras salieron del vehículo, abrieron el portalón trasero y pude salir. Las dos falleras más altas se situaron cada una a mi lado, la pequena Ling Piao se puso la caja de fruta sobre la peineta, lanzó un grito de disgusto o de dolor e inició la marcha por el arcén derecho de la calzada. Nosotros le seguimos. Los vehículos pasaban por nuestro lado a mucha velocidad.

Escuché un golpe seco, un frenazo, y la fallera de mi izquierda aparecío de sopetón unos metros por delante de nosotros. La pequeña figura le gritó algo, como fuera de sí, lanzándole un trozo de metal, un resto de alguno de los faros del coche que acababa de atropellarla. Así que la fallera accidentada se puso de pie, como si cumpliera una orden, allí, en medio de la carretera, la peineta clavada en un hombro, el vestido hecho jirones, la cara quemada por el asfalto. Desde el coche que acababa de atropellarla una voz masculina gritó:

-¿Les llevo a algún sitio?

Ling Piao echó a correr hacia el vehículo, sobre las plataformas que usaba para conducir que aún calzaba; la caja de fruta, con las etiquetas para las muñecas, el bramante y la lámina del watusi protegida por el tubo de cartón se bamboleba sobre la peineta del pequeñín. Le seguimos corriendo también nosotros.

Se abrió la puerta trasera del vehículo. Entramos los tres. La caja se le cayó de la cabeza, al tropezar contra la estructura del vehículo. Rodó su contenido, terraplén abajo. Ling Piao se asomó por la ventanilla de la izquierda, le gritó algo -supongo que en chino- a la figura que permanecía en medio de la carretera, mientras la esquivaban los vehículos que circulaban en nuestra dirección. Ésta corrió y se perdió por el terraplén. El coche arrancó.

-¿A dónde quieren que les lleve?

-Aelopuelto, dijo el chino bajito.

El coche arrancó. El motor hacía un ruido extraño. De las juntas del capó se desprendía un humo negro azulado. El conductor, vestido de uniforme, como un chófer de verdad, puso en marcha un taxímetro. Caí en la cuenta de que este vehículo era de color amarillo y negro. Así que los taxis de Valencia tenían estos colores. Como los que había visto en Barcelona. Por televisión, en programas referidos a la Ciudad Condal. Porque nunca había estado allí.

-Les tendré que cobrar el retorno. La zona urbana finaliza aquí, mientras indicaba con su dedo índice una señal de tráfico en el exterior. Me incliné hacia adelante para verla con detalle. Por el retrovisor derecho observé que la fallera china nos seguía, desde el arcén, con la caja sobre la cabeza. Eso debió decirle Ling Piao al gritarle, que la recogiera.

En pocos minutos llegamos a la entrada principal del aeropuerto.
Uno de los chinos sacó una bolsita de debajo de su falda, pagó la carrera y salimos del taxi. La fallera grande señaló a lo lejos. Miramos hacia allá, también el taxista, que se había bajado del vehículo para sopesar los daños. El tercer chino se acercaba a la carrera, sosteniendo la caja sobre una de sus caderas. Desde esta distancia parecía una mujer vestida con un traje de ceremonia y corriendo con los brazos en jarras. Una figura de Sorolla. La Mujer después del baño, pero dibujada por un atáxico.

El taxista se despidió de nosotros. Silbó un par de veces. Se acercaron algunos taxistas y entre todos empujaron el vehículo hacia la entrada al aparcamiento de superficie.
Ling Piao habló con la fallera. Ésta buscó en los bolsillos del delantal negro de su vestido y me entregó un billete de avión, dos pasaportes y un paquete alargado, envuelto en papel de plata.

-¡Gracias! Le eché un vistazo al billete. Era un viaje de ida y vuelta a Dubai. ¿Dónde está eso? Había sacado buenas notas en el colegio, pero no me sonaba el lugar.

Llegó la tercera figura.

Al tiempo sonó el móvil.

Ling Piao lo sacó de entre sus ropas y contestó. Al poco tiempo me ofreció el aparato.


-¿Si?

-Pablo, ya te han entlegado la documentación. Es impoltante que escuches. Tienes que hacel un tlabajo muy delicado allá donde vas a il. Cuando llegues al aelopuelto de la ciudad de Dubai, un coche diplomático te tlasladalá a un hotel de la playa. Allí lecibilás nuevas instlucciones. No pieldas las etiquetas ni el blamante. Tienen que llegal hasta allá y confiamos, confío en ti.

-Xuan, no me queda una moneda. Lo he gastado todo en las etiquetas.

-Ellos te dalán dinelo. Pero tu no te pleocupes. Todo está bajo contlol. El viaje te ocupalá apenas unos días. A tu legleso, si todo va bien, te halemos un contlato de tles meses en el tallel. Pasalás de técnico de calidad a encalgado. ¿Tú contento? Pásame a Ling Piao.

Le dí el teléfono al chino bajito. Hablaron. Cortó la comunicación, hizo que una de las dos largas figuras se pusiera en cuclillas. Se subió sobre ambas rodillas, rebuscó en la caja que ésta llevaba sobre la cabeza y escondió el móvil en la bolsa de los petardos para mi abuela. De un salto se bajó de las rodillas de la fallera, que siguió en la misma postura. Sonó el teléfono. Y una explosión.

-Tú colle, colle. Nosotlos espelal a que tú entles en el edificio y luego malchal. ¡Deplisa!

La ropa de los tres chinos se había convertido en harapos. La cara tiznada, el pelo adornado con las cañas de los cohetes que acababan de explotar, los restos de la caja que le habían protegido en parte de la explosión, estaban tirados por los alrededores. Mientras él seguía en cuclillas. Apareció un vigilante jurado con un extintor. Pero ya no hacía falta. Aún así tiró de la argolla de seguridad y vació el contenido sobre los orientales. Uno de ellos, el de la caja, dió un gran salto desde la posición flexionada y golpeó con su talón el extintor que sujetaba el vigilante. Este resbaló con la espuma del suelo y se cayó.

Entré al aeropuerto y leí los carteles. Era la primera vez que volaba. Me dirigí a un mostrador, saludé y entregué el billete y los dos pasaportes. La señorita me miró con cara de sorpresa:

-Mal empezamos el viaje. Tiene que dirigirse al mostrador 32, allí al fondo. Entregue el billete y sólo uno de los pasaportes. Salvo que viaje su hermano gemelo con usted.

Miré los pasaportes. En ambos aparecía mi foto. En una de ellas con turbante, chilaba y gafas. En la otra, con un tono de piel más oscuro y un gorrito de esos rasta. El nombre en ambos era el mío, ligeramente cambiado: Pablo Al Eresmi, en el primero, Paul Miresmaier, en el segundo. De repente recordé que Dubai era uno de los emiratos árabes. Me guardé el segundo pasaporte en el zapato, di las gracias y me encaminé al mostrador.

Me atendió una mujer vestida con turbante, con un hijab sobre la cabeza y traje de chaqueta, ambos de color negro. Tecleó en un ordenador y me preguntó por el equipaje. Me acordé de la caja. Le pedí disculpas y salí corriendo hacia una de las puertas del aeropuerto. Antes de llegar a ella vi a uno de los chinos que se acercaba con los restos de los paquetes. Me los tendió, envueltos en la chaqueta del vijilante jurado, formando un hatillo; le di las gracias y volví a la mostrador.

-Eso puede llevarlo con usted en la cabina.

Me dio otro billete y el pasaporte y me indicó la puerta 16. Pasé por un arco y sonó una alarma. Me dijeron que me vaciara los bolsillos. Como no llevaba nada en ellos, salvo la tarjeta con lso datos de Natalia, me hicieron pasar a un cuarto estrecho. Me desnudé. Un policía, con guantes blancos, de esos de cirujano, me auscultó.

Luego me dijeron que me vistiera. Cerré todas las cremalleras de los bolsillos del mono, recogí los paquetes desteriorados, hice un par de nudos en la chaqueta que servía de saco y entré en una sala de espera. Abrí el paquete de papel de aluminio que me habían entregado allí afuera. Contenía un bocadillo de mortadela sevillana. Mi preferida. Lo engullí de tres bocados. Busqué una papelera para deshacerme del aluminio. No encontré ninguna, así que volví a la hilera de asientos. Me quité el zapato, saqué el segundo pasaporte y lo envolví con el papel de plata. Un niño, desde el asiento de enfrente me miró, primero con asco, luego con una sonrisa de complicidad. Me notaba rendido. Cerré los ojos. Creo que me dormí.

Me sacó del sopor, del primer sueño la patada del niño. Certera, precisa, infringida con remaches de metal. Alguien debía calzarle con botas antiguas, reforzadas en la puntera. Botas de bombero. Empecé a soñar con bomberos, muñecos vestidos de uniforme azul, casco de plástico, salvo uno de ellos, que lucía gorra. El jefe de los muñequitos g.i. joes, de los madelman. Otra patada me devolvió a la realidad, acompañada de un "dos señoras le buscan, señor".

Abrí los ojos. Primero sorprendido por el término señor que tan ajeno me sonaba. Después por las voces conocidas que llegaban a mi oídos. Miré hacia la zona del arco detector de metales.

Mamá y la abuela, de buenas formas, eso sí, colábanse por el arco detector, arco del triunfo en su caso.

-¡Hijo mío, que ya eres un hombre! ¡Que te vas a Alemania, como tus mayores! ¡Tan orgullosa que estoy!¡Esto es que es por demás, hijo! Que he hablado con Xuan y em ha dicho que te vas a una ciudad, lejísimos, a Dubrai o así, que tienes un trabajo muy importante que realizar allí.
-¡Deja al chico. Que lo vas a asfixiar con tanto beso!¡Qué bonico!
-¡Y mira lo que te traigo!¡Un bocadillín para el viaje y las cosas que se te habían perdido ahí fuera!

Efusivas. Realmente. Dos bocadillos de barra completa, 6 cervezas sin alcohol, tres pepsis, 12 piezas de fruta de verano -melocotones, peras, una piña-, tres tomates, cuatro pepinos, una cebolla, una navaja, dos servilletas de tela y unas tenazas. Sal, vinagre y aceite en una pequeña botella de cristal, de medio litro. Dos platos de loza, tres vasos, una copa y una bolsita con hielos.

Definitivamente, la sala de espera al completo se rindió frente a los encantos humanos.
El agasajo incluía los restos del tubo que contenía la obra que me regaló Natalia, "esto lo decoro yo en un pispas, no te preocupes", palabras de mamá al comprobar el estado de las quemaduras de la lámina que mostraba al watusi desnudo. Junto con el tubo y la pitanza me entregó dos de las bombas falleras.

-Abuela esto es para ti.

Le di la lámina y las bombas.

-Muchas gracias hijo. Y estas, sobre todo, las que se explotan contra el suelo son las que más me gustan. Como no son peligrosas.

Llamaron por los altavoces, me despedí de las dos, recogí los diversos enseres que ocupaban el espacio reservado a tres asientos y me encaminé a la cola del autobús.

-Se bueno.
-Recuerdos de Xuan.
-Llámame cuando llegues.
-¿Tienes dinero?

Estaban eufóricas. Y yo se lo agradecí. Alemania. Dubai. Irse es irse. Sea donde sea.


Etiquetas:

14 de junio de 2006

Pablo: Der Bayerischen Modernistchen Bauhaus


El escaparate del local permitía ver un mostrador refrigerado de unos cuatro metros de largo, sobre el que exudaban un par de jamones en su tercera juventud, entecos. Las bandejas, semivacías, mostraban unas ristras de choricitos del infierno y de morcillas amojamadas, rodeadas por el líquido viscoso depositado por los perniles ibéricos, dándole a la vitrina un aspecto de cuadro hiperrealista, de obra naturalista.

Ella salió del restaurante acompañada por un hombretón pelirrojo, vestido de payés balear, camisa oscura, casi negra, de fina raya gris, pantalón liso del mismo color, y espardenyes. Lucía una gran llave alrededor del cuello y dos medallas militares sobre la pechera. Fumaba una pipa de maíz y rodeaba la cintura de la chica con una manaza enrojecida y velluda.

Ella nos presentó, sin mencionar su nombre, con un: "Este es Pablo"; estrechamos nuestras manos –él me la trituró-, me miró de forma anómala, entre bisojo y afectuoso, interrogante en cualquier caso. Pensé que se acostaba con ella; que mientras lo hacían esos ojos estrábicos quedarían en blanco enseñando un hilillo de espuma se le escaparía de la comisura, un tanto caída hacia la izquierda, en mueca cínica. Me recordó a otro pelirrojo. Pero soy mal fisonomista, hasta el extremo de encontrarme con mi abuela en la cola de la panadería y no reconocerla, aunque en ese momento la esté observando haciendo mimitos a la criatura de alguna compradora.

Esa imagen, la de ambos tumbados donde yo acababa de hacerlo, me provocaba la sensación de proximidad a este hombre. Ella –porque aún desconocía su nombre- nos acercaba. Caí en la cuenta de que había disfrutado por primera vez, de una relación completa con una persona desconocida, con esta mujer. Bueno, la primera vez que lo había hecho con cualquier otra persona fuera de mi imaginación. Pero, ¿acaso no era eso lo que buscaba al entrar en aquella perfumería, detrás de ella?

Caminamos durante unos minutos hasta detenernos delante de una puerta de doble hoja, en madera repujada con motivos de abanico y dos enormes aldabas de igual forma. El mozetón de pelo y barba taheños abrió la puerta con la enorme llave y encendió la luz del almacén de ferretería. Eran un conjunto de luminarias festivas, como las que se ubican en las calles en día de fiesta, situadas cerca del techo, del que colgaban formaban el esqueleto multicolor de una carpa de feria o de circo. La nave había sido una antigua caballeriza o cuadra. Cada uno de los establos estaba decorado con un letrero de neón, señalizando las diversas secciones del local: Papelería, ferretería, armería, jardinería…

Nos dirigimos a la zona de ferretería. La pared ubicada tras el mostrador estaba cubierta por un mural con cajones diminutos, señalizados con claves numéricas escritas con rotuladores de diversos colores. No existía un orden en el uso de esos colores. Parecía como si a medida que hubieran ido gastándose los de uno, hubieran empleado otros, al albur. El efecto quedaba un tanto desordenado.

El bermejo se adentró en el antiguo establo y me preguntó, forzando el rictus de la cara:

-¿Qué va ser entonces?

Le di el papel, lo leyó, abrió diversos cajones y fue colocando sobre la tabla varios rollos de bramante y de etiquetas. Mientras hacía su trabajo eché un vistazo a las distintas secciones. En la de papelería destacaba una hornacina de pie, como un expositor en forma de cubo, que giraba sobre un eje y exhibía plumas de escritura de una belleza y antigüedad, sorprendentes. Junto a él, una mesa auxiliar mostraba algunos folletos de viaje de Julia Tours. Un peculiar conjunto, que a lo mejor guardaba la lógica de la escritura con pluma. Si comprara una y me fuera de viaje, lejos, podría enviar tarjetas postales escritas sobre el velador de una terraza de cafetería, escritas en tinta de color sepia o azul tungsteno. Una imagen que me trajo otras a la cabeza, como la de un espía en alguna película antigua que utilizaba una Parker 51 para enviarle una nota secreta a otra persona sentada unas mesas más allá de la suya.

-¡Ya está todo! ¿Para qué es todo este material?

Salí de mi ensimismamiento, cerré la pluma, mentalmente, antes de que la tinta se secara y contesté:

-Para unas muñecas. Unas muñecas chinas.

-¿Mercado nacional o de exportación?

-Para Europa, creo. Se fabrican en Madrid.

-Entonces te añado dos rollos de marcación. En total veinte mil etiquetas.

Lo introdujo todo en una caja de madera de balsa, rotulada con el nombre Chiquita, salió del mostrador, saltando con agilidad sobre él y la depositó en el suelo. Le di el dinero; sin mirarlo se lo guardó en el bolsillo trasero, me dio una factura sellada con unos extraños signos, cirílicos o griegos, porque no los entendía, cogí la caja y nos encaminamos hacia el fondo de la nave. Salimos por una puerta más pequeña, moderna, de hojas de cristal, que se abrieron de forma automática. Marcó unas cifras en una central de alarma y las hojas traslúcidas quedaron cubiertas por otra metálica, que lucía un logotipo en color rojo: Der Bayerischen Modernistchen Bauhaus. Las letras
capitales se entrecruzaban formando un símbolo, BMB.
Enfrente de nosoros había una torre, de iglesia o ayuntamiento, mostrando un enorme reloj. Marcaba las cuatro menos cuarto.

-¡Los petardos!

Me miraron al unísono, soltándose de la cintura y exclamando al tiempo:

-¿Qué? Definitivamente, entre ellos existía alguna relación.

-¿Tiene usted petardos?

-Llevo alguno en el bolsillo, pero a estas horas muchas personas están durmiendo, así que deberías esperar un tiempo para usarlos, si no quieres salir escaldado del barrio.

-No, que si tiene en la tienda. Para venderme algunos. Es un encargo.

-Sí, claro. Y no me llames de usted, llámame Obdu, de Obdulio. Anda, vamos a dar la vuelta para entrar por la puerta de atrás. ¿Nos esperas aquí con la caja, nena?

Asintió. Dejé la caja en el suelo y caminé detrás del panocho, hasta que llegamos a la puerta de madera. Volvió a abrirla y entramos. Se dirigió al establo señalizado con el letrero de material fungible, sacó un enorme cajón de debajo del mostrador y me preguntó qué tipo de petardos quería.

-Son para mi abuela. Un poco de todo, ¿no? ¿Son muy caros?

-¿Cuánto quieres gastar?

-No tengo dinero ya. Porque antes se lo di, perdón, te lo di todo.

-Entonces, espera un momento. Abrió una trampilla en el suelo, bajó tres escalones y giró el casquillo de una bombilla hasta encender la luz. Siguió bajando por el sótano, hasta que se perdió de vista. Sólo se veía su pelo rojo, mientras revolvía –por el ruido- en algunas cajas de cartón. Volvió a aparecer, con una bolsa en la mano.

-Llévate estos. Te los regalo. Es que ya no se pueden vender, pero funcionan mejor que los legales. A tu abuela le gustarán. He añadido unas bombas de las que explotan al lanzarlas con fuerza sobre el suelo. Le recordarán a su infancia, aunque estas contienen doscientos gramos de explosivo.

-Gracias, Obdu. Tuve la tentación de mirar dentro de la bolsa, pero me contuve, por educación. Al fin y al cabo, eran un regalo.

Caminamos hacia la puerta moderna, por la que salimos. Volvió a marcar la clave y nos encontramos en la calle, nuevamente.

-Bueno, yo tengo que marcharme ya, porque he quedado a las cuatro y son ya, casi. EL reloj de la torre señalaba a las once con su larga aguja, rematada por un pájaro. ¿Un pájaro? Un enorme cuervo descansaba sobre la aguja del minutero. Pensé que a las cuatro y media finalizaría su siesta y de forma bastante abrupta, salvo que se despertara antes.

-Pues date prisa, porque en realidad son las cuatro y media. Ese pájaro hace que se retrase el reloj del campanario todas las tardes.

-¿Volverás? Bueno, aquí tienes mis datos de localización en el universo. La casa nueve, como la llamó alguien hace años.

Me entregó una tarjeta de plástico, como las bancarias, aunque supongo que no contenía saldo, de color verde musgo. Las letras, en blanco, componían sus datos personales, dibujando una espiral, cuyo centro lo ocupaba el nombre, Natalia, seguida por los apellidos, teléfono, email, sms y dirección. Natalia Roig Wasserhung. La miré, sonrió, se acercó y me besó profundamente, como un amante a otro.

-Bueno, llámame cuando puedas o cuando quieras. O mejor, conéctate a Internet y busca mi dirección sms. Pero no lo hagas antes de un año. Deja que volvamos a ser extraños antes del reencuentro. Que el universo fluya.

Le extendí la mano a Obdu, que hizo un gesto deja vu, un saludo cansino. No le había gustado la familiaridad de Natalia con un extraño. A lo mejor le había tocado vivir momentos parecidos en otras ocasiones. El extranjero atracción. La novedad produce una sensación de euforia parecida a la del primer día de vacaciones, cuando dudas entre abrir la maleta y colocar los enseres en el armario o bajar directamente hasta la playa, antes de que se escape la plenitud y se inicie la cuenta atrás. Me eché la caja sobre el hombro, y me puse a caminar en dirección a la plaza donde había quedado con Norberto.

Estaba junto a la fuente central, haciendo un juego de malabares con tres mandarinas frente a dos chicas. La tercera mandarina se le cayó en varias ocasiones. Se agachaba con rapidez y mientras la recogía miraba desde abajo las piernas de las chicas, que reían a carcajadas. Al escuchar el arrastrar de mis pies sobre la gravilla me miró y gritó:

-¡Tú, chico, apúrate!, que quiero presentarte a mis dos buenas amigas Carla y Camila, de Camaguey. ¿No? Anden, díganle al español de donde se me son, princesas.

-¡De Canadá! Nacimos allá, donde dice él, pero tenemos la nacionalidad canadiense. Sus voces, unísono duo de perlas negras, apenas me elevaron la atención un grado. Pensaba en Natalia. Pero sobre todo, estaba concentrado en el peso de la caja sobre mi hombro derecho. En todo el trayecto no había podido cambiarla de lado, por falta de fuerzas para levantarla sobre mi cabeza, así que mi sombra, alargada a estas horas, presentaba a un jorobado de hombro derecho. Un Sísifo de brazos larguísimos.

Al llegar a su altura me salió un ¡Hola! En un hilo de voz.

-¡Chico, sólo eso! Dales un ósculo a cada una de las señoritas. Se bueno. Pero, ¡No jodá que no comiste! Se te ve desmayado. Por cierto, ¿compraste los intereses de Xuan?

-Los compré, los compré. Están en la caja. ¿Puedes ayudarme?

La descargó de mi hombro sin dificultad alguna y la colocó en el suelo. Junto con el material y la bolsa de petardos había una especie de caleidoscopio gigante, un tubo de colores, de los que se emplean para transportar planos o láminas enrollados sobre sí. En el tubo había una nota de color verde, pegada con papel celo. Pero no me pude agachar a verlo. No podía moverme aún. Norberto lo sacó de la caja y me lo acercó, diciendo:

-¿Qué es esto, chico?

Con esfuerzo estiré el brazo que seguía recogido sobre mi hombro, como si aún sostuviera la caja, arranqué la nota del tubo que sostenía él y la leí: "Tampoco está tan mal lo tuyo. Con mil amores repetiría, repetiré. N."

-¿No lo vas a abrir para que lo veamos?

-No, si acaso más tarde. Anda, vámonos hasta la Van y guardamos la caja. ¿Te importa llevarla?

Supuse, bueno, supe lo que contenía la caja. El cuadro del miembro del watusi. Me reí para mis adentros. A partir de ahora me llamaría a mi mismo watusi ante el espejo. ¿Y la lámina? La colgaría en el cuarto de mi abuela. Porque mi madre no permitiría que la pusiera en el mío. Y de paso taparía algún desconchón de la pared. Además, que mi abuela no se opondría a una manifestación de belleza. Con lo que le gusta la zarzuela, algunas de ellas tan desproporcionadas como el desnudo de la foto.

Llegamos a la furgoneta. Por el camino, Norberto me dijo que las chicas viajarían con nosotros hasta el local de carretera en el que habíamos almorzado. Dejamos la caja de madera en la caja del vehículo y nos encaminamos hacia la playa, porque Norberto aún tenía que hacer un recado en la Malvarrosa, en la playa.

En un callejón aparecieron tres figuras delante de nosotros, ataviadas de falleras. Dos muy altas y una tercera del tamaño de un niño de seis o siete años. Se dirigieron a Norberto y cuchichearon durante unos minutos. Él me miró, se encogió de hombros y dijo: ¡Okay, okay!

Las dos falleras mayores, quiero decir, altas, se me acercaron, me tomaron en volandas y me llevaron hacia la furgoneta. Me hacían daño en las axilas. Al llegar hasta ella esperaron a que el dominicano la abriera. La figura pequeña, una mujer muy mayor y de rasgos orientales cogió la caja, hizo una señal a las dos figuras que me sostenían en vilo y nos dirigimos los cuatro hacia un vehículo funerario. Me metieron en la parte de atrás, junto a un féretro pequeño y de color blanco, abierto, en el que había distintas botellas de licor, rodeadas de hielo. Cerraron la portezuela trasera y se acomodaron en el asiento delantero. La figura más pequeña se colocó unos zapatos muy altos, de plataforma, situó unos cojines en el asiento del conductor, se sentó y arrancó haciendo chirriar las ruedas.

Sabía que tenía que decir algo. Pero a lo mejor no me entendían. Las tres figuras tenían rasgos orientales. Durante el trayecto por una autovía de varios carriles, miré los carteles. Uno llamó mi atención: A Manises, 7 kilómetros.

Etiquetas:

22 de marzo de 2006

Pablo: A la luna de Valencia.


Es una ciudad bonita, con tanta luz como si se tratara de la favorita del sol. Caminé por una calle de la que no encontré el nombre en cartel alguno.

Una costumbre extendida la de no señalizar las calles. Entonces la vi. Una mujer joven que vestía una cazadora de cuero, entallada, color hueso. Unos vaqueros muy ajustados, unas botas de caña, color marrón, con tacón alto, pero sin estridencias.

El pelo, media melena de color castaño, un corte de esos que parecen despeinados, dejando el cabello a su aire, al desgaire. Se detuvo delante de un escaparate. Se hiela la calle con su ausencia.

Se oculta el sol tras de unas nubes negro tormenta. Huele a lluvia. Y a sensualidad. La que expide esta mujer. Me detengo delante de una librería, un poco afectado por la imagen de la joven, con los pies doloridos por el rozar constante del asfalto.

La librería posee dos escaparates, pequeños pero atestados de libros. Literatura en uno de ellos. Historia del Reino de Valencia y de la propia ciudad, en el otro. Aunque cubiertas son luminosas, pero no distingo bien los títulos, sólo los colores. “Historia de Valdemar de las alturas”; “El trípode de la globalización”; “Erecciones y eyaculaciones” “Absalon, al salón”.

No todos parecen de literatura. O sí. No tengo idea. Ninguno de esos títulos lo he visto antes. La librería forma un recodo con el edificio que la alberga, o con el edificio de al lado. Me vuelvo para vigilar los movimientos de la mujer. Camina hacia mí. Se me acelera el corazón. Sueño el momento del encuentro, el cruce de nuestros caminos. Su tangente sobre mi circunferencia.

Bueno, al revés, ella la circunferencia, yo lo que deseo es ser su tangente. Se aproxima con un movimiento indolente pero estudiado, como la sensación que me produce el caminar de las modelos sobre la pasarela, cuando emiten parte de sus desfiles por la televisión. Pienso que transmiten la impresión de mujeres satisfechas, marcadas por el autocontrol, la conciencia de sí mismas, su belleza, su importancia para los demás. Mujeres que nos dejan soñar con ellas. O que nos sueñan. Debe ser el efecto de la proximidad de la librería. Me sueño, digo, me siento poético.

Un hombrecillo, del que apenas veo los zapatos en este momento –me duelen los pies, así que me gustaría quitárselos, aunque pienso que deben oler a sudor concentrado-, la continuación de un pantalón de franela gris, que arrastra por la entrada de la librería, un suelo de color amarillo compuesto de grandes baldosas de marmolina.

Lleva puesto un jersey, tejido a mano, de colores apagados: verde oscuro, granate y marrón claro. Barras verticales hasta la barriga prominente, como de enfermo de cirrosis, que terminan a distintas alturas y se convierten, abruptamente, en franjas horizontales. Como si un estudiante de punto o confección lo hubiera tejido durante las prácticas. Quizás él mismo lo había hecho.

El examen se lo he realizado entre disimulos. Observo con aparente interés un libro que tiene una fajita de papel: 26 edición. Se ha debido vender o regalar muy bien.

-Joven, ¿Busca algo en concreto?

-No. Sólo miraba, digo, observando la cara del hombrecillo librero. Qué duda puede caber sobre que la librería es suya. Aunque en otro momento, otro escenario, su atuendo despertaría sospechas. Demasiado obsequioso, antiguo, con esa boca de grandes labios excesivamente rojos, las gafas de concha, los ojos pequeños, al fondo, detrás de unos cristales de 8 o 9 dioptrías.

-Es una librería preciosa, le obsequio.

-Gracias joven. ¿Qué ha leído últimamente?

-¡Oh!, pues –la chica ya no está más delante de mi. Se esfumó. Estoy leyendo una novela de este autor portugués tan famoso, de ¿Antunes? Bueno, creo que no se llama así. Es premio Nóbel y eso. Puedo verlo, con su gran corpachón, sus muchos años, la cara de juez, su escritura limpia, pero tan apretada que el libro me va a durar medio año. Pero no recuerdo su nombre.

-¿Ha leído los cuentos de Kish? Y saca un libro de entre las manos, que mantenía a la espalda, como si de una joya se tratara, acompañando el gesto con una sonrisa poderosa, suficiente, transformadora.

Deja su debilidad a un lado y se convierte, mientras habla del autor checo, en un enano autosuficiente y engreído. Me aproximo para coger el libro y mirarlo de cerca. Observo la librería, con los estantes atestados, llegan hasta el cielo, el altísimo techo de la estancia.

Un hombre, de aspecto más peculiar incluso que el que luce el librero, lee junto a una pequeña mesa camilla. Un ejemplar del mismo libro que acaba de mostrarme. Me fijo. Los estantes sólo contienen ejemplares de este libro. Bueno, no todos. Pero sí los que están a la altura de mis ojos.

-Lo anotaré para adquirirlo en otro momento. Muchas gracias.

Como si hubiera rechazado la segunda taza de café en la casa de un alemán, así le demudó el gesto al librero. Devolví el ejemplar a su propietario, que me miró con un brillo de rabia en los ojos, de censura, se dio la vuelta y cerró la hoja de cristal de la puerta de la librería, sin mirarme. Las pegatinas de la misma, con publicidad, de obras, tarjetas de crédito y solicitudes diversas, apagaron la visión del interior.

Así que, liberado, seguí caminando por la misma calle, crucé en un par de ocasiones y de pronto descubrí una tienda de cosméticos, enorme, con las puertas abiertas. Unos arcos detectores en la entrada llamaron mi atención. Sonaba el aire de una cortina invisible, de esas que mantienen separados los ambientes del comercio y de la calle.

Y entonces la vi.

De perfil. Con una barra de labios en la mano, mientras observaba su rostro en un espejo, de esos redondos, especiales, para maquillarse o para afeitarse, o para limpiar el rostro de impurezas. Según el sexo y la edad del usuario.

Entré y me dirigí hacia el expositor de las barritas de rouge. Pero no iba a atreverme a hablar con ella, a dirigirle la palabra. Romper el fuego con los extraños no es mi habilidad, esa virtud de la comunicación me es ajena.

Quizás aquellos miedos antiguos, de cuando Panchito nos bajaba, bueno, me bajaba el pantalón delante de todos, durante las clases de gimnasia, cuando me apretaba los testículos delante de los compañeros cuando el profesor había salido de la clase, me habían dejado trastornado.

Aunque luego, años después me reconoció por la calle y me saludó, con alegría incluso, llamándome por mi nombre, desde una carroza, durante un desfile del orgullo gay.

Pero no lo había superado. No le tenía miedo a él, ya no. El miedo había dejado de tener un objeto sobre el que apuntar. Se había hecho independiente. Aquel día saltó de la carroza y se me acercó, vestido de corista. Me presentó a su pareja, Jesulín, otra de sus víctimas del colegio. Este vestía de cuero negro. Supongo que de domador de fieras. O algo similar.

-Este color -dije, cogiendo una de las barritas, red silk, le sentará muy bien. Soy Pablo y no he podido resistir la necesidad de cruzar un período de mi tiempo con el suyo, breve, efímero. Dejar de ser dos desconocidos por un instante producto del azar. Sabernos en el otro.

Froté ligeramente la barrita de rouge sobre el envés de la mano. Hubiera deseado hacerlo sobre la suya, pero estaba completamente llena de marcas de rouge diversos. Muchas pruebas.

-Si quieres vamos a mi casa. No te cobraré mucho. Lo pasaremos bien.

Aunque al principio no comprendí su discurso, escuchar su voz disparó mi corazón, que bombeaba en ese momento cual motor de explosión.

Ya en el ascensor inició una maniobra de acoso y derribo alrededor de mi esternocleidomastoideo, mi pabellón auditivo y mis testículos.

Salí del ascensor tan excitado y cautivo como el protagonista de una comedia romántica subida de tono.

Abrió la puerta de su casa, un apartamento en el que dominaba el color blanco del mobiliario, destacado de las paredes, cubiertas de tela en un tono verde manzana, cubierta, a su vez, de marcos vacíos y cuadros, todos en tonos rojos y negros.

Una de las fotos me sobresaltó profundamente. Mi desnudo jamás alcanzaría esa naturaleza, el tamaño de ese pene que sujetaban dos manos de mujer en la foto. Quizás por eso era que los watusi llevaban faldas de paja trenzada o de tela rojiza en las películas que había visto de pequeño, con el África misteriosa y exótica como protagonista.

-¿Me pagas ahora o más tarde?

Saqué la cartera, como un autómata. Ella la tomó con su mano izquierda, la abrió y sacó el dinero.

-Cobro mucho más. Pero te haré una mamada. Me caes bien.

Le quité la cartera de la mano y me dirigí hacia la puerta, sin volverme. Al cerrarla decidí bajar por las escaleras, como siempre. Como estaba en la planta 12, opté por saltar los tramos, apoyando las manos en las paredes pintadas de gotelet, que me arañaba las palmas.

Uno de los saltos me hizo trastabillar, estampándome contra la pared de enfrente. Alguien abrió una puerta. El golpe de mi frente sonó tan fuerte que una segunda puerta se abrió. Estaba en el rellano de la séptima.

-¿Qué haces? ¿Estás idiota o qué?

La escena me recordó alguna otra. Demasiados chichones durante mi corta existencia.

-Disculpe, atiné a decir.

Seguí bajando, un poco más contenido, más civilizado, más natural. Con una mano sobre el chichón y la otra frenando cada salto. Tendría que explicarle a Norberto lo del bulto en la cabeza.

Si pudiera conseguir un poco de hielo. Aunque una moneda también serviría. Me detuve en el rellano de la quinta. Me acordé de la moneda que me habían dado en la playa. Me la puse sobre el chichón y apreté con el pulgar. Seguí saltando, pero en la cuarta se me cayó la moneda. Encendí, pero el interruptor no funcionó. La moneda había sonado por la izquierda. Arrastré las manos por el suelo. Levanté un felpudo. Me encontré unas llaves. Se abrió la puerta.

-¡Ahhhhhh! ¡Socorro! Al ladrón. Toby, toby, no te acerques.

Un perro pequeño, de esos de lujo, me mordió la nariz, apenas un pellizco, pero le solté un manotazo, de forma instintiva. No le atiné. Al caer mi mano, tropezó con la moneda. La cogí. Tiré las llaves y salí corriendo escaleras abajo. El perro se quedó en el tramo de arriba, ladrando como un muñeco mecánico su ¡guau! ¡guau! Intermitente, un tanto afrancesado.

Todas las escenas me sonaban, como si ya las hubiera vivido. Un eterno retorno. Me sentía como si acabaran de robarme, como en aquella ocasión en que me atracaron de verdad en la calle y tras una charla amistosa, el chorizo me devolvió parte del dinero a condición de que le vendiera las zapatillas, recién estrenadas. Siempre pensé que el ladrón me había comprado las zapatillas a muy buen precio. Incluso me había devuelto la medalla del cristo de Medinaceli, regalo de mi abuela.

Aunque hoy no me habían devuelto nada. Llegué al portal y allí se encontraba… ella. Seguía irradiando un extraordinario aroma, poder. Sonrió y me extendió la mano, con mi dinero. Lo recogí y lo guardé en la cartera.

-Gracias. Tengo que comprar unas etiquetas.

Se acercó y me apretó la mano con la que sujetaba la cartera.

-Anda, vamos. No quiero que te vayas así. Da mal Karma. Mal rollo.

Volvimos al ascensor, me empujó hasta dentro. Me sentía sin voluntad, apenas me quedaba una pequeña resistencia mental, a la altura del chichón. Me dolía. Saqué la moneda y me la volví a poner sobre él.

Ya en la vivienda, preparó dos aperitivos en la cocina y comenzó a hablar. El fregadero estaba lleno de platos, cacerolas, cubiertos y vasos. Me arremangué el mono, busqué un estropajo y comencé a limpiar todo aquello.

-Yo, verás, no me dedico a esto. Pero hace unas semanas que él se ha marchado y me siento sola, muy sola. Todos los hombres me miran con esos ojos de atolondrados, esa cara de cheeta en celo, que deja entrever sus intenciones.

-Tu comportamiento en la perfumería me ha impresionado, me ha gustado mucho la dulce osadía. Dentro de esa horterada de ropa, que –no te ofendas- me recuerda a un bacalaero de rebajas, un hiphopero de Onteniente o de Villena, tus palabras me han sentado bien, tan consideradas.

-Pero lo he pensado mejor, porque tus modales tan naturales apenas ocultaban tu deseo, idéntico al de los demás. Pero contigo no me importará hacerlo. De todas maneras él no volverá ya. Y cobrar lo hace todo más llevadero, coloca las cosas en una posición distinta, más alejada. Un acto más neutral. Algo por algo, pero sólo por ese algo, por ese momento. Transacciones.

Además que no has parecido inmutarte cuando he tomado el dinero de la cartera. A mí me dejará indemne también. Se me ocurrió homenajearte, porque él decía que yo lo hacía muy bien. Pero entonces vas y te escapas. Me has confundido.

Yo que no sabía cómo actuar, la abracé y besé sus párpados. Otra escena romántica, aprendida en algún cine de verano.

-Tengo que irme pronto. Hemos venido por temas de trabajo, pero sólo dispongo de tiempo hasta las cuatro, porque luego he quedado en la estación. Bueno, en un parque.

-¿Acaso no tienes un rato para mi? ¿Y si no volvemos a vernos? Como expresaste allí abajo, un minuto de encuentro. Entrar y salir de mi vida. Y entonces quedará un leve recuerdo, uno de esos que apenas serán pasado en unos días, con suerte en unas semanas. Desaparecerá.

-Te llamaré. La verdad, no sé porque he dicho esta tontería. No se su nombre, menos su número.

-Me ha gustado mucho conocerte, Y el detalle de devolverme el dinero. Te doy las gracias por ello. Además que es para comprar unas etiquetas y una especie de bramante de algodón para… bueno, eso, para el trabajo.

-Y dónde pensabas comprarlo, ¿En la perfumería?

Tiene una risa contagiosa, diáfana, clara como la caminata de domingo temprano a la luz de la luna, después de la fiesta vespertina. Aunque esas no las practico. Soy más de madrugar.

-No, pensaba acudir a Ca-Darba. Una papelería. Aquí tengo la dirección. Dejé el estropajo, ella me acercó un paño de cocina y sequé mis manos. Luego saqué el papel de uno de los bolsillos. Y se lo entregué.

-Está aquí al lado. Luego te acompaño. El dueño suele comer en un restaurante próximo. Antes de abrir echa una mano al Truc. Un juego de cartas. Podemos bajar como a las tres y media. Seguro que nos abre, como un favor. Me debe muchos, así que no habrá problemas.

-Pues te estaré muy agradecido, de verdad.

Me tomó de las manos, salimos de la cocina y nos encaminamos al dormitorio.

-Anda, ven. Aún tenemos tiempo.

En su dormitorio trató de consumarme. Desde su posición controlaba todos los movimientos, todas las maniobras, desde el oleaje hasta el reflujo. Sus pechos se batían rítmicamente, ora ocultandome la lámpara ora haciéndola aparecer. De repente, un sonido estridente me sobresaltó.

Con voz entrecortada, acerté a exclamar:

-¡Qué es ese ruido! En un breve lapso de tiempo nos separamos, ella desternillada de la risa. Yo sorprendido. Sonaba una canción, una especie de La Cucaracha, con fondo de rap. Miré por la habitación.

-Pues no sé qué significa el sonido, pero tiene su gracia. Parece un telefonino de esos.

Miré por el suelo. De pronto vi el mono. En su interior una luz roja, como una señal de alarma, una sirena luminosa o algo similar, acompañaba la canción. El mono de trabajo se arrastraba, al mismo tiempo, por el suelo de la habitación. Lo pisé, busqué el objeto, un móvil tan grande como una linterna de campaña, lo abrí, porque era un modelo de concha, bueno de tortuga de tierra, por el tamaño. Ella no paraba de reírse.

-¿Aló?

-Oye, Pablo. Eres tú, ¿Verdad? ¿Cómo has hecho el viaje, hijo? Supongo que estarás aburrido, tan sólo en esa ciudad. Además que seguro te hablan en valenciano y no te entiendes con nadie.

-Bueno que me ha dado el número Norberto. Que ha llamado a casa porque creyó que se le había caído una libreta de teléfonos, una agenda, cuando te subió hasta aquí. ¿Estás bien, hijo? Que verás. Tú abuela quiere que le traigas unas carretillas y unos voladores. Que le hace ilusión usarlos aquí en Madrid. Como ahora están prohibidos.

-No sé qué es lo que me pides mamá. Y tú, ¿Estás bien?

-Yo estoy estupenda, como la del anuncio, hijo. Verás que son cohetes de esos valencianos. Dice tú abuela que allí los deben vender por todas partes. Hasta en correos puedes conseguirlos. O en una comisaría. De decomisos o algo así.

-Bueno, no ando muy bien de tiempo. Pero los buscaré. ¿Me has dicho que se llaman?

Cuando colgó, cerré el teléfono y lo volví a colocar en el bolsillo del mono. Me vestí. No me di cuenta que ella estaba en la cama. Si necesitaba buscar los cohetes, lo mejor es que saliera ya de esta casa.

Se me acercó, me cogió de las dos manos, me tumbó en la cama, me desvistió y sin atender a mis súplicas:

-Es que tengo que comprar los cohetes. Es que se me hace tarde. Ay, así no que me da repelús. Ay que…

Me consumó. Primero desde las alturas. Luego al revés. Yo no pude. Seguía pensando en qué demonios era un volador. Un cartucho de dinamita con alas o algo parecido. Me lo imaginaba como un enorme puro de color arena, pero con confetis de colores en un extremo, la mecha, que al encenderla provocaría que las alas se batiesen, alcanzando una altura de, digamos, 20 metros, antes de explotar, explotar…

Mi cabeza se cayó sobre la almohada. Creo que me dormí.

-¿Vienes a la ducha? Oí que decían desde la puerta.

Bajamos por el ascensor, salimos y caminamos unos metros, hasta un bar “La encimera de Bartolo”. Me dijo que esperara en la puerta.

Obedecí. Era lo que correspondía hacer en ese momento. Cuando desapareció dentro del restaurante me pregunté cómo había llegado ese teléfono al mono. A mi mono.

Etiquetas: