6 de septiembre de 2006

Pablo: Bazofia europea

Mi compañero de asiento se abalanzó sobre la azafata, empujándola contra uno de los troleys, de los carritos de servicio, al tiempo que exclamaba:

-¡Que tu dios te bendiga, rubita, carita de ángel, perfume de mis entretelas!

Se deslizó por la cinta de seguridad hasta darse de bruces con el asfalto de la pista. Las gafas le saltaron de la cara y cayeron junto al botín de una de las azafatas, que, exaltada por la sensación que le produjo notar el leve impacto de las mismas en su tobillo, las golpeo con furia, lazándolas bajo uno de los autobuses o jardineras que nos debían trasladar al aeropuerto.

Todos los viajeros se precipitaron delante de las puertas del primero de los medios de locomoción, estableciéndose una jerarquía espontánea entre ellos: Los fuertes y atractivos entraban primero; el resto esperaba en el suelo.

Logré deslizarme por la cinta de salvamento y aproximarme a la zona de autobuses, situándome unos metros por detrás de la última hilera de pasajeros. Dos de las azafatas se me acercaron e iniciaron uan animada conversación de la que no pude participar, a pesar de la atención que presté a sus palabras. Se expresaban en un lenguaje de signos que, si bien había disfrutado durante la transmisión de algún debate parlamentario por televisión, apenas había despertado en mi el interés por aprenderlo.

En este momento lamenté esa falta de curiosidad intelectual. Ambas mujeres se volvieron al unísono y me indicaron con las manos que me diera prisa, al tiempo que escuché:

-Señor, dese prisa, porque ese es el último autobús para llegar a la terminal.

Por un momento consideré la posibilidad de que los signos se convirtieran en sonidos en mi cerebro. No. Quien hablaba era el niño. Le di las gracias y me acerqué al autobús. Puse el pie sobre el primero de los estribos y me agarré a una de las barras, momento en el que uno de los pasajeros se desequilibró dentro del bus, girando sobre su propio eje y golpeándome en la cara con la enorme mochila que llevaba sobre la espalda.

Las puertas se cerraron, al tiempo que el estribo se recogía sobre sí mismo, por lo que di con mis huesos en el suelo. El autobús arrancó y minutos después me encontré sobre el remolque del tractor portamaletas, que se dirigía también a la terminal, pero siguiendo una ruta extremadamente zigzagueante. Cada vez que tomaba una curva provocaba la caída de alguno de los bultos sobre el cemento.

Al llegar a las troneras de la cinta transportadora le di las gracias al conductor por haberme acercado hasta la terminal. Me señaló la dirección que debía tomar para acceder a la sala de espera y me encaminé hacia allá.

Al entrar en la sala se produjo el silencio. Muchos de los pasajeros me miraron con cierto desprecio reflejado en sus rostros. A medida que surgían los equipales de la cinta transportadora y eran recogidos, la sala se vaciaba de pasajeros.

Caí en la cuenta de que yo no tenía equipaje, sino el pequeño hatillo con mis pertenencias, así que me encaminé a la salida. El aeropuerto era enorme. Tiendas, cintas transportadoras de viajeros, cafeterías y restaurantes, personal de las distintas compañías aéreas, personal de limpieza y de seguridad, pasajeros, cientos de personas moviéndose con gran velocidad, incluso corriendo.

Me fijé en los carteles y caminé hacia la salida. De repente me sobresaltó el sonido de una sirena. Casi todas las personas próximas a mi se arrodillaron al escucharla. Provenía de una torre decorada como una mezquita. Un almuédano se ayudaba de un sistema de megafonía para dar instrucciones.

Tropecé con algo y caí de bruces al suelo, estampando mi frente contra el linóleo o lo que fuera. Había topado con los zapatos de alguien, con un pie o una mano. Permanecí en esa postura de oración durante unos minutos, mientras el olor a pies y sudor iba creciendo a mi alrededor, acompañado de aromas a plátano y galletas de chocolate Príncipe. Me concentré en esos olores que paliaban en gran medida el olor profundo a queso de Cabrales que inundaba mi nariz.

Pasados unos minutos,que se me hicieron eternos, levanté la cabeza primero y la mirada después. En la torre no había nadie ya. A mi alrededor tampoco. Tan sólo un envase de galletas de chocolate, una cáscara de plátano -con la que debía haber tropezado antes- y un par de zapatillas viejas formaban parte del escenario. A lo lejos algunas personas se apresuraban por las cintas automáticas. Pensé que el olor podía haber provocado un vahído. O que me había quedado dormido. Por el cambio horario que se produce al volar. Claro que aún era de día.

Bajé por unas escaleras que terminaban en la entrada. Apenas quedaba gente allí; me fijé en dos personas, un joven con indumentaria que presumí árabe, por el turbante y la chilaba, debajo de la cual asomaban un par de zapatillas de baloncesto en tonos eléctricos y un hombre de mediana edad vestido con uniforme gris, botas de media caña y gorra de plato.

Pensé que era un militar. Se me acercó, me sonrió, tomó mi hatillo con un gesto de sorpresa y exclamó:

-¡Bazofia europea! Al tiempo que me sonreía con pleitesía, como si se dirigiera a un oficial de mayor rango. Sonó mi teléfono móvil.

-¿Si?

-¿Has llegado bien, Pablo? ¿Tú has llegado ya?

-Bueno, sí, acabamos de aterrizar. Gracias por enviar a alguien a por mi.

- No te pleocupes. Ese muchacho tlabaja pala nosotlos. Él te acompañalá hasta el campamento. Y mañana te plesentalá a nuestlo diustlibuidol en los Emilatos. Pablo, es muy impoltante que tomes nota de lo que te digan mañana y también de lo que veas, polque el contlato de colabolación puede acabal en fiasco pala todos nosotlos. ¿Tú entiendes?

-Si Huan. Clalo que entiendo.

-Pues mañana templano te volvelemos a llamal. Que descanses.

El uniformado echó a andar muy deprisa. Guardé el móvil en uno de los bolsillos laterales y le seguí hasta un aparcamiento. Sacó unas llaves de su bolsillo, pulsó un botón y un enorme coche plateado se nos acercó, al tiempo que las puertas delanteras se abrían sin la intervención aparente de alguien.

Hice intención de sentarme en el lugar del copiloto, pero el conductor negó con la cabeza y dijo:

-Bazofia europea, detrás.

Tomé asiento en una de las butacas de piel blanca. Estiré los pies, pero no alcancé a tocar los faldones de la mampara que separaba el espacio del conductor de la cabina trasera. Era impresionante. Estaba rodeado de botones, espejos, repisas y pequeños armarios de puertas en madera lacada en negro. Pulsé uno de los botones, se abrió uno de los armaritos y apareció un mueble bar repleto de cosas buenas. Tomé unas galletas y un vaso de algo que parecía leche, algo fuerte y con sabor a coco.

Calculé que el trayecto hasta el campamento no nos llevó más de 15 minutos. El chófer -al final descubrí su profesión, sí señor- me abrió la puerta, me entregó mis pertenencias y me acompañó hasta la puerta de un edificio gigantesco y lujoso que no concordaba con la idea de campamento que guardaba en mi memoria.

Al notar nuestra presencia, las puertas se abrieron, al tiempo que aparecían dos personas, también uniformadas, dispuestas a ayudarnos. Recogieron mi hatillo y salieron disparados hacia el ascensor. Quise seguirles, pero el chófer me retuvo:

-You must pass through the reception, previuosly, sir!

Comprendí que estuviera "deception" conmigo, aunque apenas nos conocíamos.

Me empujó hasta el mostrador de la recepción del hotel. Una hermosa señorita me atendió. Me entregó una tarjeta que tenía impreso un número y me dijo, sonriendo:

-May I have your credit card number? Just for security reasons, sir.

Entendí algo sobre crédito. Supuse que se refería al crédito de que disponía en el campamento de lujo.

-Disculpe, señorita pero yo pienso que la habitación ya debe estar pagada.

-Basura europea, la señorita necesita el número de la targueta. El chófer vino en mi ayuda. No se para qué la necesitarían en ese momento. Por otra parte yo no tenía tarjeta de crédito. Me decidí por intentar llamar a Huan y aclararlo. Busqué en mis bolsillos el móvil, pero lo que encontré primero fue la tarjeta que me había entregado Natalia en Valencia. Preciosa, de plástico, con sus datos personales, su dirección, el número de teléfono de su domicilio y el de su móvil. Al acordarme de ella esbocé una sonrisa, que mis interlocutores imitaron.

El chófer me quitó la tarjeta de la mano y se la entregó a la recepcionista, quien apuntó los números de Natalia en una hoja de registro, me la devolvió y dijo:

-Buenas noches, bazofia europea. Que descanse.

-Mañana yo aquí a las siete. Congreso empieza a las ocho.

-De acuerdo, señor. A las siete estaré aquí.

El chófer se dió la vuelta y salió del hotel. Yo me encaminé a un ascensor. Había más de uno, así que pulsé varios botones. En breves momentos se abrió la puerta de uno de ellos. Había otra persona dentro de él. Saludé y entré. ¿A qué planta tenía que ir? El hombre miró la tarjeta que yo tenía en la mano y apretó el botón de la planta 22. Le di las gracias y mientras alcanzábamos nuestro destino curioseé entre los vistosos carteles que decoraban la cabina del elevador.

Estaban redactados en inglés, así que lo único que entendí un poco eran los números. ¡Dios mío, qué precios! Junto a una reproducción de un bol con huevas de pescado, como las que traía mamá por Navidad a casa, huevas de lumpo danés, había una cifra de 1653 DEUA. Pensé que le faltaba una letra. Así que supuse que se referían a deuda. Desde luego, quien decidiera tomar esas bolitas en el restaurante se encontraría con una buena deuda.

El señor del ascensor se dirigió a mi, ya que no había nadie más en el ascensor y dijo:

-Very expensive, isn't it?

Lo de beri lo entendí porque en el colegio había estudiado inglés. De hecho había sacado muy buenas notas. Mejores incluso que en Literatura. Así que me atreví a contestarle en inglés:

-It is this products eggs? Fish eggs, perhaps?

-¿Basura europea?

-No, basura no, huevas, eggs, fish eggs. Well there times were eggs come from Dinamarque. Al menos, my mother buy fish eggs from lupus.

-Basura europea.

Nuestra conversación terminó precipidamente. Salí del ascensor y le dije a la persona que me había acompañado:

-Thank you, sir. You are very simpatic with me.

-You're wellcome, sir. Good night.

Por fín iba a tener la oportunidad de hablar en inglés. Un trabajo en el extranjero es lo que me hacía falta para crecer profesionalmente. Cuando volviera a España. Me acordé de mamá y de la abuela. También de mi hermana, aunque un poquito menos.

Encontré la habitación, pero la puerta no disponía de cerradura. Pasé la tarjeta por toda su superficie. Nada. Le di la vuelta y me la acerqué a la cara, tratando de descifrar las instrucciones.

Un rayo salió del quicio superior, se posó sobre la tarjeta, sonó un cerrojo y se abrió. Varias luces se encendieron al tiempo, mostrando un verdadero palacio de ventanales que daban directamente al mar, espejos y telas de todos los colores.

Entré en el cuarto de baño, me lavé la cara, pero no encontré una toalla. Todo parecía ser electrónico. Una carcasa metálica, como un secador de manos, se giró hacia mi y expulsó aire templado a la altura de mi flequillo. Me puse de puntillas y conseguí secarme. Decidí que era muy pronto para dormir. De hecho sólo eran las siete de la tarde en Madrid. Claro que aquí, no tenía idea de la hora. Miré por la habitación: abrí los cajones, miré dentro del armario. Encontré practicamente de todo. Incluso un traje negro, chaqueta con las solapas brillantes, una camisa con chorreras, una pajarita. Lástima que no hubiera zapatos. También había un batín a cuadros, almohadas de todos los tamaños, un mueble bar...

Estaba impresionado con todo este lujo. Debía ser carísimo. Encontré un libro junto al televisor, una pantalla gigantesca que se encendió al acercarme a ella y me habló. En la pantalla apareció un listado de palabras. Entre ellas Español. Acerqué mi mano a la pantalla y la voz cambió:

-Señor Natalia, bienvenido al hotel Burj Al Arab. Nuestro personal estará encantado de atenderle y satisfacer todos sus deseos. para contactar con su servidor personal, diga 1.

-Uno.

Segundos después llamaron a la puerta. Al acercarme, la voz del televisor dijo:

-Acerque su tarjeta universal al detector.

Miré alrededor y no descubrí detector alguno. Volvieron a llamar a la puerta, más fuerte. Se me cayó la tarjeta. Se abrió la puerta. Así que el detector es la placa metálica del suelo. Alguien me tocó en al espalda. Me giré, a cuatro patas, miré hacia arriba y descubrí a una mujer muy joven, vestida con una túnica blanca, un pañuelo sobre su cabeza y una preciosa sonrisa.

-¿En qué puedo ayudarle señor?

-¡Oh! En nada. Muchas gracias. Sólo estaba probando la televisión.

-Si me necesita basta con decir ¡uno! vendré inmediatamente.

-Gracias, muchas gracias. De pronto me acordé. Mañana tendría que levantarme muy temprano.
Y apenas si traía equipaje. Así que aproveché su presencia.

-¿Sabe dónde puedo conseguir un despertador?

-Sí señor. En la planta baja encontrará un surtido de joyerías. Y si no le convence, puedo buscarle un medio de transporte para trasladarle donde guste el señor.

-Gracias, gracias. Pero así está bien.

-Le acompaño entonces.

¿Me acompaña? No sé a dónde, pero le hago caso, así que me pongo de pie, guardo la tarjeta en el bolsillo y salgo. Ella me hace indicaciones hacia el bolsillo, así que vuelvo a sacar la tarjeta, la toma en su mano, apunta al detector cerca del techo y la puerta se cierra.

Bajamos en el ascensor. Ella me deja entrar primero, pese a mi insistencia en entrar después.

Cuando llegamos a la planta de la recepción gira a la izquierda, encaminándose a una zona que me recuerda a un centro comercial, una tienda junto a otra. Se detiene delante de un escaparate repleto de joyas y relojes: Bulgary reza el rótulo de la entrada. Empujó la puerta y entré.

-Buenas tardes. ¿Tienen despertadores, por favor?

-¡Ah! Bazofia europea. What can I do for you, sir?

Tocaba seguir practicando inglés.

-Do you have a Casio watch with a ring?

-Pardon?

- Un reloj, barato, con sonido de despertador. O un despertador sencillo. No parecía entenderme, así que simulé el sonido de uno: ¡Riiiiiiing! Mientras agitaba mi mano derecha como si sujetara una campanilla.

El dependiente entró en la trastienda y salió con una campanilla dorada y adornada con pedrería.

-No, no un ¡Riiiiiiinnnnggg! Y agité efusivamente las dos manos.

Volvió a entrar y salió con un muestrario de pulseras. Entonces se me ocurrió. Me acerqué la muñeca a la oreja mientras emitía un ¡Tic tac! reiteradamente.

-¡Ah! Yes. Sus ojos adquirieron una mayor expresividad, como si brillaran y su dedo índice señaló hacia mi, moviéndose arriba y abajo con rapidez, en señal de ¡Ya lo tengo!

Parecía que por fin nos podríamos entender.

Salió con una caja entre sus manos que depositó sobre el cristal del mostrador. La abrió y sacó un reloj dorado de marca Rolex. Lo expuso delante de mi, tomó mi muñeca derecha y me lo colocó.

-¿Es despertador? ¿Me llamará por la mañana?

-Yes, it's a new Yatch Master watch, terrific. Please, would you mind bring me the card, sir?

Extendió la mano y yo extendí la mía. Cogió la llave formato tarjeta, la pasó por un lector y me hizo una reverencia.

Así que salí de allí con el reloj en la muñeca y la caja en la mano izquierda. Al fondo de la rotonda que formaban las tiendas había unas mesas de cafetería. Me acerqué a una de ellas y tomé asiento. Abrí la caja y busqué el libro de instrucciones. Era muy grueso, y estaba escrito en numerosos idiomas. Busqué el mío.

Pero antes de encontrarlo una señorita, que debía ser la camarera, colocó delante mía una bandeja con una tetera, una taza, una jarrita de leche, un trozo de pastel y una copa de champán o de agua mineral de color amarillo. Sería esto último porque los musulmanes no beben alcohol. Encontré las instrucciones para el reloj en español. ¡Qué suerte! La camarera dejó una nota sobre la mesa. 390 DEUA. Bueno, todas las máquinas parecían fallar por aquí. Menos mal que la tarjeta cubría de momento las deuas, o sea las deudas.

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4 Comments:

Blogger chousas said...

Vaya vaya, Pablo como embajador de la civilización occidental en tierras infieles...
¿Será capaz de hacerse con un harén, ni que sea por despiste?
¿O de acabar de eunuco?
¿O seguirá al servicio del Imperio del futuro celeste?
Thalasos dirá...

2:44 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

hola! te espero por mi blog...elcajonazul.blogia.com

1:03 a. m.  
Blogger Thalasos said...

Tengo un lapsus páajra con Pablo. Le abandono, no pienso en él, sus ideas y tribulaciones son succionadas por mi falta de planificación, mi dedicación a la búsqueda de un trabajo indecente y la risa.
Pero aún así, en dos post más le sacaré de Dubai.¿Que tal Roma? Algo así como que la Benetton le contrate apra un anuncio de carga social y así estimular la marca. Lo pensaré.
Gracias de nuevo.

9:04 p. m.  
Blogger Thalasos said...

Pues ya lo visitaré. Gracias.

9:09 p. m.  

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