13 de junio de 2005

Pablo: En la cafetería

Al salir de aquel círculo de contratación de carne, caminé durante cierto tiempo hasta encontrar una cafetería... bueno eso parecía.

-¿Qué va a ser?

-Una cerveza y un pincho de tortilla.

Cuando entré en el Metro comencé a sentir los retortijones.

He llegado a casa en un estado lamentable. Parte de la descomposición que me ha provocado la tortilla (¿a quién se le ocurre, sino a mi, en plena canícula, en un bar completamente abandonado por los clientes, la tortilla acorchada...?)

Ha bajado por mi pierna hasta alojarse entre el tomate que me hice en la sala de espera del puesto de trabajo al que me presenté pero luego no me presenté (post anterior) y la parte exterior del pie.

-¡Qué mal huele, hijo! Dijo al verme, sin considerar que el origen de la fetidez era su vástago, o sea yo.

No le di explicación alguna a mi madre. Entré en la casa corriendo y me senté en la taza. Al bajarme los pantalones comprendí la alusión que había hecho mi madre al sentido del olfato.

Estaba lleno de... lleno.

Durante más de una hora tuve que mantenerme sentado. Cada vez que me levantaba, mis intestinos elevaban un rugido, una protesta.

Cuando pude hacerlo, me incorporé y me introduje en la ducha, con la ropa en una mano y los zapatos en la otra. Había que limpiar todo aquello, incluyéndome a mí, antes de acudir a urgencias.

Porque igual me muero de ésta intoxicación.

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