31 de julio de 2005

Pablo: La selección natural



Me quedé observando al grupo de candidatos, a cierta distancia del sofá.

No me veía hablando con ellos, todavía. Necesitaba pensar. Aunque estaba dentro de la casa y esperaba instrucciones para comenzar con las pruebas de selección, no encontraba respuesta a mis preguntas:

¿En qué consistía el trabajo para el que nos habían convocado?

¿Existía alguna relación entre esta ett perdida en la provincia de Toledo y alguna de las firmas a las que había enviado mi currículo?

¿Acaso lo había enviado yo directamente aquí?

Estaba tan ensimismado que no había sido consciente de mis actos. Noté un sabor extraño en la boca. No lo reconocí al principio, pero mi cerebro me ayudó. Sabía a, a… Mientras andaba encerrado en mi caja –cráneo, mi sistema parasimpático se había dedicado a mover mis manos y dedos, a hurgar aquí y allá y a terminar por introducirme un asqueroso –bueno, no tanto,- balín de nariz en mi boca.

Y yo andaba zurrándole al sucedáneo de chicle, vuelta va, vuelta viene, entre los incisivos y el belfo.

Miré hacia la puerta.

La émula de madame bovary estaba apoyada en el marco, con un lápiz de pin y pon color fresa ácida en una mano y una libreta de los cuatro fantásticos en la otra.

Me observaba con repugnancia. Seguramente me observaba desde hacia rato.

Seguro que había visto cómo hurgaba en las fosas nasales –al menos en las mías.

Bueno no estaba seguro, pero confiaba que los automatismos cerebrales no hubieran llegado más allá, a hurgar en nariz ajena, por ejemplo.

Me puse nervioso. Si me había visto podía despedirme del puesto. Salvo que fuera una oposición a porquero. ¿Hay granjas de cerdos en Toledo? ¿Fábricas de purines, quizás?

Mejor no imaginar.

Empecé a jadear, con un ataque de ansiedad que podía acabar en pánico, no podía respirar, me ahogaba...

Tosí con virulencia y lo que tenía entre los dientes, aquello, saltó hacia delante, yendo a parar a la coronilla del… panocho del sofá, el candidato cuya faz me era familiar.

Se volvió. La conversación del grupo fue sustituida por el silencio, peinó su cabeza con la mano derecha, observó lo que había recogido en ella después de la excursión por su cráneo, miró con asco el descubrimiento, con rabia hacia mí.

Saltó sobre el respaldo del sofá, lo volcó con violencia en su desesperación, dejando a otro candidatos patas arriba. Antes de llegar hasta mi pude vislumbrar la ropa interior de alguna de las personas que habían perdido la compostura.
D
e mejor calidad que la mía, indudablemente.

Tangas de victoria secret’s y boxers de clain.

No distinguí si eran de hombre o de mujer los traseros que habían suplantado las cabezas de esas personas, no era el momento.

El panocho se abalanzó con el puño cerrado y lo lanzó contra mí.

Interpuse el periódico 20 minutos que llevaba enrollado en la mano izquierda entre su martillo pilón y mi rostro, y hundí la cabeza sobre el esternón, para proteger las gafas y los empastes.

-¡Zas! Sonó el puñetazo, seguido de un sonoro ¡Clonc!

Como un golpe contra el suelo, pero en realidad fue el resultado del estallido de su puño contra mi cráneo.

-¡Ay! Con la mano colgando de su brazo, los dedos desabastecidos de energía, como un puñado de hojas de acedera que hubieran pasado demasiado tiempo al sol, los hombros hundidos, las lágrimas brotando.

Las personas del sofá habían recuperado la compostura.

Dos mujeres se acercaron a la mole panocha, a consolarla.

La mucama francesa se aproximó a mí.

-¡Qué valiente es usted, Pablo!

-Me estremecí. Sabían mi nombre.

Las dos piernas que yo presumía gabachas no sólo se dirigían a mi a través de la boca de su propietaria…conocían mi nombre. Estaba a punto de recuperar el resuello, incluso la alegría. Aunque lo del panocho tenía muy mala pinta.

Esos dedos, desmadejados, como ristra de morcillas deshecha, como… se lo llevaron de allí a no se dónde. Mientras se marchaba, me miró, con lágrimas en los ojos, entre súplica y perplejidad.

-¡Hasta luego! Dije, con un hilo de voz.

Mi hermana tiene razón, A veces soy un imbécil.

-¡Vaya con Marie! Las pruebas físicas comenzarán en unos minutos. Usted, Pablo, se ha ganado cuatro puntos sobre 10 posibles en defensa personal. ¡Felicidades!

La única pelea que había ganado en mi vida fue en aquella ocasión donde conseguí que el nudo de la corbata no acabase estrangulándome. Y para ello necesité la ayuda de mi hermana, que escuchó mis estertores.

Marie, la mucama, me cogió del brazo y me condujo por un largo pasillo hasta una sala pequeña, donde había un jergón, un lavabo y un terrario con mangostas.

-¡Siéntese en la cama, Pablo! Voy a hacerle la manicura antes de que le llamen para las pruebas físicas.

El corazón se me aceleró. Las mangostas me observaban desde el terrario. Marie se agachó, me quitó uno de los zapatos y el calcetín, introdujo unos algodones entre mis dedos del pie izquierdo, lo apoyó en sus muslos y comenzó a recortarme las uñas con unos alicates de ortopedia.

-¿Manicura? Balbucí.

-¡Perdón! ¿No se dice así? Como soy francesa.

¿Puede alcanzar 210 pulsaciones un corazón tan blanco como el mío? Seguro que puede.



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4 Comments:

Blogger laceci said...

uuuuppps...me he perdido en la historia...no sé si estabas en una sala de espera en una entrevista de trabajo, o esperando una manicura...

:-/

fdo: espesita

10:02 p. m.  
Blogger Thalasos said...

Un comentario firmado por "ella"
Lo enmarcaremos.
Menos es nada.
Gracias, monstruo.

11:19 p. m.  
Blogger pandora said...

hola
vine a darte gracias por tu visita e comentario.

espero que mi castellano no esté demasiado olvidado... sea com sea siempre puedes usarlo en mi sitio porque aunque ya no lo escriba correcto lo entiendo perfectamente.

volveré otra de estas noches con mas tiempo para leer tus palabras con mas atencion.

:) see ya!

11:41 p. m.  
Blogger pandora said...

ahora me doy cuenta que tus comentarios tienen dos avatares muy... pero muy... lolollll no sé como llamarles, lololll ;)

11:42 p. m.  

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