18 de agosto de 2005

Reflexión: Propinas 1


[Reeditado el 10 de octubre de 2005, porque el color del texto impedía su lectura].

He terminado el dibujo. Una niña de 12 años a la que alguien acaba de decorar el pelo con cintas de colores, urdiendo naturaleza y decoración en un todo iridiscente.


La cámara canon de 8 megapixels y óptica high-end de su papá –a mi me lo parece; por la edad, por la tripa, por el color de ambos, por la diferencia de edad- colgando del cuello, junto con los pirata y las brasileiras de 69 euros, dan claras pistas del oficio. Turistas.

En el Retiro. El sol ha invadido el espacio del lienzo antes de que aplique el toque sanguina solicitado.

-¡Que se parezca a su madre de pequeña! Dice el turista.
¿Divorciado? ¿Viudo? Ca. Divorciado.

No es tu business, no preguntas, pero lo sientes. Como el olor que te rodea. Aftersun.

Tu primera ocasión de caricaturizar a alguien, aparte de a tu tía de Benicàssim, visitante irredenta en Navidad, desde que cumpliste los 6 años, hace ya un par de décadas. Tus caricaturas triunfan en la familia. Así que por un día... artista cotizada.

-¡Precioso! ¿No tendrás un tubo de esos de arquitecto?

-Lo siento, no. Pero con el papel de seda y las gomas, aguantará hasta su destino.

-Es que venimos desde Calatayud y no me gustaría que se estropeará.

-Aguantará muy bien. Se lo aseguró.

-Así, que ¿Cuánto?

-Son 35 euros.

-¿Y no hay rebajita? Por la espera al sol.

-En el estudio hubieran sido 75.

-¡Está bien! Pero me parece un poco caro. Toma, 36. Para que te tomes un café.

¿Con este calor? Pienso. La ocurrencia del estudio ha estado bien, muy bien para defender el precio. Ridículo, por otra parte.

Le entrego el retrato a la niña, le sonrío de verdad, de corazón, es preciosa y ha posado bien, facilitándome el trabajo.

Me sonríe y dice ¡Gracias! De manera imprevista me da un beso en la mejilla.
Miro al sol y decido recoger. Llevo más de cuatro horas aquí. Me encamino a la taberna taurina de la calle de Alcalá.

Al entrar, el camarero me echa un vistazo de reconocimiento. Tengo que cambiar mi tono de pelo. Demasiado llamativo. Aunque puede ser el atril. O la mochila bandolera con las cajas de pinturas. O los lienzos del cartapacio. No. Va a ser el pelo. Les atrapa como un papamoscas.

-¡Buenos días, guapísima! ¿Qué va a ser?

-Una caña, ¡por favor!

-¿Hace un poquito de paella?

-¡Gracias!

-¿Me pone otra, por favor?

-¡Lo que quieras, corazón! ¿Unas croquetas para acompañar, cari?

Me pregunto que opinaría mi padre, si aún estuviera aquí entre nosotros, de la melaza del pelícano de la barra. Aunque él no la sufriría claro. Al menos no en este tipo de local.

Tengo ganas de salir de aquí.

-¿Qué le debo, por favor? Después del último sorbo, el que definitivamente acaba con el polvo de la mañana en El Retiro.

-¡Dos y la voluntad, sea una sonrisa, sea media libra! El camarero, luciéndose delante de la parroquia de embutidos de testosterona del fondo, acaba por abrir completamente el pico.

-¡Gracias! Mientras le lanzó a la pista de la barra dos euros y media libra de voluntad, como un par de sardinas a un pelícano.

Al salir, tres bofetadas recibo: La del calor, la de ¡Adiós rubia! Coreado por la clá de parroquianos y la del camarero de terraza, que desliza su mirada bovina sobre mí.

Propinas.




2 Comments:

Blogger chousas said...

Bueno... a mí una vez me gritaron ¡guapetona! XD
Quizá sí deberías replantearte lo del pelo...

1:43 a. m.  
Blogger Thalasos said...

Chousas, siempre diverso y divertido. Hasta en tiempos de depresión postvacacional.
Salu2 galego-català

3:05 p. m.  

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