10 de diciembre de 2005

Pablo: Camareros y otros ofidios, perdon, oficios.



A las tres de la madrugada termina mi encantadora hermana de coser el pantalón.

Le ha añadido un remiendo al tiro, hecho con una falda negra de cuando llevó luto por el abuelo. De eso hace ya algunos años. También le ha añadido un par de largos, diez pulgadas, más o menos, a cada una de las perneras.

Como la falda tenía tablas, las perneras consiguen darme un aire especial.

Las costuras las ha reforzado con hilo de bramante… en color amarillo. No había más colores.

Mientras ella hace ese trabajo, con esmero, yo practico con una bandeja de estaño que le regalaron a mi madre hace algún tiempo. Un juego de te moruno acompañaba a la bandeja. Pero su peso es demasiado para mi. Sobre la bandeja 6 vasos de agua, llenos hasta el mismo borde.

Minutos después del ejercicio la bandeja está llena de agua, los vasos por el contrario se han vaciado.

-¡Deja eso, Pablo, que lo estás poniendo todo completamente perdido!

María se marchó después de comer. No quiso que la acompañara. Tenía cosas que hacer, dijo. Como el peruano, su hermano, la misma frase en distintos momentos.

-Me voy a dormir. Ponte el despertador, Pablo.

-Gracias, hermanita.

-¡Hasta mañana!

Me acuesto e inmediatamente entro en el mundo de los sueños. Veo a María en una calesa tirada por dos caballos blancos. Está sentada encima de un hombre, con una falda cortísima y su ropa interior en los talones. Es Gervasio. Ella salta sobre su vientre, mientras él arrea con las riendas a los caballos.

Me despierto sudando. Siento ardor. Me han debido sentar mal las manitas de cerdo de la cena. O quizás el puré de lentejas. Demasiada cena. Bajo las escaleras de puntillas y busco un antiácido en el botiquín del baño. Me lo meto en la boca, como hago siempre, abriendo el grifo a continuación. Han cortado el agua. La pastilla inicia su liberación carbonatada, así que la efervescencia comienza a surgir por mis agujeros inmediatos.

Las fosas nasales me crepitan. Se abre la puerta del cuarto de baño. Tengo espumarajos en la boca, me caen por la barbilla hasta el pecho.

Mi abuela lanza un grito y se desploma.

-¿Qué ha pasado?

-¡Ay, dios mío! ¡Que se ha muerto mi madre!

Mamá, en camisón, se aproxima a su madre. Se levanta como un ciclón. Abre el armarito de los cosméticos y arranca una de las hojas de la puerta.

Le coloca el espejo de la puertecilla sobre la cara a mi abuela.

-Necesito saber si respira. Me da explicaciones que yo no he pedido.

Aparece mi hermana. Me suelta un pescozón.

-Serás gil. Casi matas a tu abuela. Límpiate la espuma. ¿Estás tonto?

-¡Ay!

-¿Estás bien, mamá?

-Me duele la coronilla.

-Menudo chichón que te has hecho, mamá. Anda, levántate y tómate una copita de aguardiente. Trae la botella, Pablo, hijo. Date prisa.

Se sienta en uno de los sillones. Toma un par de tragos de la botella y eructa como un bebedor de cerveza.

-Venga, a dormir todos. Mamá, ponte esta chichonera. ¡Así no! Al revés.

Me vuelvo a la cama. Recién acostado suena el despertador. Me levanto, me aseo con colonia Denenes y salgo de casa, vestido con el smoking.

En el suburbano la gente se da codazos, me observan y se desternillan. Hago un trasbordo y camino desde la estación de Serrano hasta la embajada de Japón.

Llego a las 7:15’.

Un vigilante oriental me pide algunos datos. A su pregunta:

-La contraseña, por favor.

Contesto:

-Yamasushi. No, yamakushi. No, yamimasushi. Recuerdo que tengo la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta. La saco y leo el texto.

-Suriyaki.

-Correcto, señol. De tercer plato. De primero Dorayaki. Y los aperitivos, sushi norimaki.

Me indica como acceder hasta la cocina. Allí hay más de 50 cocineros y otros tantos hombres y mujeres vestidos como yo, pero mejor.

Uno de ellos se me acerca y me dice:

-Tú servirás el rango 16. Prepárate el galidon para 15 comensales. Las salsas calientes las recogerás aquí al momento. El maestro salsero preparará las porciones individuales.

-Toma, un plaqué. Colócale dos flores en ojiva a los extremos y un lito para que no se escurran los recipientes.

Me voy sin preguntarle nada. Como no he entendido las instrucciones, confío en poder modelar mi conducta fijándome en alguno de los camareros, más tarde.

En el salón donde tendrá lugar la recepción, las mesas están dispuestas para 15 comensales. En cada rango hay una pequeñas tarjetas con ideogramas y debajo de ellos la traducción a caracteres latinos del nombre original. No está Fujimori.

Varios camareros, que parecen extranjeros, hablan en un rincón. Me acerco a ellos.

-¡Hola! ¿Alguno de vosotros tiene a Fujimori en su rango?

-Yo lo tengo, dice uno de ellos, que luce una sóla pierna. La pernera de la otra está recogida sobre sí misma, sujeta por un imperdible enorme.

-¿Me lo podrías cambiar?

-Tú, ¿cuánto me das?

-Sólo tengo tres euros.

-Vale. Tres euros y además haces mi rango.

-No sé si podré.

-Yo no puedo servir, soy cojo. ¿No lo ves?

-Y, ¿cómo se te ha ocurrido venir?

-Porque necesito trabajar. De lo que sea.

Hacemos el trato.

Cuando me acerco a mi rango, alguien me llama la atención con unos golpecitos en el hombro.

Me vuelvo. Otro camarero, de piel oscura, quizás de origen árabe, me muestra un carnet de identidad.

-Ya soy residente. Mira, la bandera de este país. ¿Te gusta?

Sonrío sin contestarle y me dirijo hacia el galidon, un mueble simialr a una mesa auxiliar.

Preparo las cosas observando cómo lo hace el camarero del rango 17, un individuo de casi dos metros, que luce un turbante dorado y espesas barbas.

A las 9 de la mañana nos dan de desayunar. Comida japonesa. Está incomestible, así que arrojo el plato en una maceta, que al momento, se mustia.

Hasta las 12 de la mañana no llegan los comensales. Por lo que he podido oír, vamos a servir una cena. Como en Tokio son las 20 horas…

Alguien ha colocado dos plomos enormes en los fondillos de las cortinas. Para que los plisados de las mismas queden rectos.

Como los plomos son de cuatro kilos cada uno, descansan sobre dos garrafas de agua mineral recambios de algún dosificador de esos que usan en las oficinas y que en la embajada se encuentran por todas partes, incluidos los servicios –supongo que aquí tienen la utilidad de ayudar a hacer pis a quienes son sometidos a control antidoping dentro del territorio japonés que ocupa la embajada.

Uno de los invitados me solicita que recargue uno de los dosificadores.

Olvidando la utilidad actual de las garrafas retiro una con enorme brío. Al momento la barra de aluminio de la que penden las cortinas cae sobre las cabezas de dos de los invitados, las cuales se precipitan a su vez sobre el plato de caldo dashi.

Uno de ellos, con tan mala fortuna, que se golpea en el ojo izquierdo con una de las cucharas, lanzando un grito estremecedor, un kiai, similar al que emiten los karatekas durante el combate.

Al escucharlo, todos los invitados de rasgos orientales se ponen en pie y emulan al desgraciado.

En este momento dos camareras aprovechan para llevarse al hombre –que resultó ser Fujimori- al cuarto de baño. Decido seguirlas, mientras en el comedor los guardaespaldas del ex presidente inician una trifulca con los orientales que continúan emitiendo kiais, mientras los miembros de seguridad reparten mandobles entre las mesas.

Entreabro la puerta del servicio de caballeros. Una de las camareras está hablando con el hombre, mientras la otra, arrodillada le realiza un trabajo de bombeo y succión. El hombre habla extraordinariamente deprisa durante un breve período de tiempo. La mujer que está de pie junto a él mantiene un bol de loza a la altura de la cabeza de la mujer arrodillada. El hombre balbucea, pone los ojos en blanco y gime de placer o de dolor, porque no distingo las emociones expresadas en japonés.

La mujer saca eso de su boca con dos dedos, como si tuviera reparos del miembro después del lavado a que lo ha sometido con su propia boca y escupe varias veces sobre el bol. Su compañera empuja al ex presidente sobre los urinarios, quien resbala y aterriza con el trasero en el suelo y la cabeza dentro de uno de ellos. El agua de la cisterna se dispara y le empapa la cabeza.

Las mujeres salen corriendo del cuarto de baño. Al pasar por mi lado, la que ha hecho todo el esfuerzo me mira, coloca su dedo índice sobre los labios y dice:

-¡Schhhh!

Expresión sobre cuyo significado no tengo dudas.

Vuelvo al comedor. Uno de los camareros, al que en principio no reconozco, me llama por mi nombre y me indica que le siga. Al llegar a su altura me doy cuenta de que es mi cuñado.

-¡Tú! ¿Qué haces aquí?

-He venido a cerciorarme de que la operación ha sido un éxito.

Salimos por una puerta abatible que nos conduce a unas escaleras. Las bajamos. Son siete los escalones. ¡Qué suerte! Al final de las mismas me llevo una nueva sorpresa. María está de pie junto a las dos camareras. Sujeta el bol con la sustancia orgánica extraída por métodos naturales del interior del señor del cuarto de baño. Me sonríe. Yo, bobalicón absoluto, le devuelvo la sonrisa.

-¡Zas! No te hagas el jilipuertas, Pablo. Coge el bol y llévaselo al peruano, al que llamamos hermano de María. Está en el callejón de La Hermandad, un cul de sac a 100 metros aproximadamente de la embajada, bajando por la calle Serrano. Sal por la puerta de la izquierda, No te encontrarás con nadie.

Recojo el bol de la mano de María.

Al salir de la estancia por la puerta que me han indicado, me encuentro en un garaje con dos vehículos de la marca Jaguar. Está muy oscuro, si bien al fondo entreveo una persiana metálica a medio abrir, medio cerrar, según se mire. Me dirijo hacia ella, cuando tropiezo con una lata grande. Me caigo y suelto el bol, que gira sobre su perímetro circular, perdiendo su contenido y llegando hasta la persiana. Me lanzo sobre él, antes de que llegue a la calle. Está vacío. Me entra verdadero pánico.

El ataque de ansiedad fuerza a mis neuronas a trabajar deprisa. Me bajo la cremallera e intento alcanzar una erección. No puedo. Tengo el pito como un calcetín arrugado.

Oigo pasos. Al fondo vislumbro la silueta de una mujer. Es María. Se ha subido la falda y hurga entre sus ropas. Parece que se está colocando las medias. Imagino su liguero, su boca practicándome las mismas artes que he visto ejercer a la camarera allí arriba. La erección y la eyaculación se producen instantáneamente.

Salgo de garaje, con el bol en la mano izquierda y mi cacharrito, nuevamente arrugado en la mano derecha. Me limpio el cacharrín y la mano en la chaqueta del smoking de alquiler. No sé si saldrá la mancha. Pero eso importa poco ahora.

Me apresuro en dirección al callejón. Cuando llego a su altura, una mano me sujeta con fuerza el brazo. Con la otra mano el peruano me quita el bol.

-¡Gracias Pablo! Me da dos besos, uno en cada mejilla, momento en el que me acuerdo de Breznev, Yeltsin, Putin y los dos besos que le plantaban en la cara a cualquier mandatario occidental que fuera a recogerles a un aeropuerto. ¿Tendrá el peruano antepasados rusos, también?

-¡Para ti! Y cierra mi mano sobre un fajo de billetes de 50 euros.

Sale del callejón y en ese momento aparece mi cuñado en una moto de gran cilindrada, con María de paquete. Ella se baja, mostrándome sus hermosas piernas y algo más.

El peruano se monta y la moto arranca con un gran estruendo y mucho humo de escape. María se me acerca, me lanza contra la pared y me besa, hundiendo una lengua enorme dentro de mi boca. Luego me desviste con urgencia y me hace lo mismo que vi hacer a la camarera. Pero no consigo excitarme.

-¿No te gusta, Pablo?

-Me encanta. Pero es que estoy seco.

-Bueno, pues vamos a beber algo y ya seguiremos.

Salimos del callejón. Miro hacia atrás en la calle principal y veo un gran revuelo delante de la embajada. Varias personas yacen en la calzada mientras los coches les sortean a toda velocidad.

Bueno, a una de las personas un autobús ha sido incapaz de evitarla. Se oye el grito del conductor.

-¡Cabronazo, quítate de ahí!

-¿Vamos a José Luis? Dice María, tomando mi mano.

-De acuerdo. Pero pago yo, le digo mientras tanteo los billetes dentro del bolsillo.


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2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Ha sido verdaderamente divertido. Todavía me dura la sonrisa :)

12:45 a. m.  
Blogger Thalasos said...

A mi también.
Este Pablo me sorprende con sus decisiones.
Gracias por disfrutar del post.

4:22 p. m.  

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