2 de febrero de 2006

Pablo: Glutamato y peonías


Retiraron las herramientas, las etiquetas y las muñecas. Acercaron sillas y Xuan y yo nos sentamos en la cabecera, cada cual en uno de los extremo.

Colocaron varios bol de ensalada, de esos grandes de Duralex, con sopa o caldo, en el centro de la mesa. Luego unos bol más pequeños, de cerámica, con motivos selváticos y mitológicos, unos plaqués con cerdo agridulce, bambú y setas, rollitos de primavera, y palillos para todos. No había bebidas sobre la mesa.

Observé a una china muy joven sentada a mi lado. Llevaba una cofia de la que sobresalían dos hermosas trenzas adornadas con lazos rojos en los extremos. Debíamos ser unas veinte personas. Nadie hablaba.

Xuan gritó algo y en ese momento todos los chinos empezaron a comer. Con el bol a la altura de la barbilla y la ayuda de los palillos, llenaban su boca de arroz, hasta que no les entraba un grano más; antes de tragarlo, se erguían hasta llegar a alguno de los bol del centro, los que contenían sopa.

Llenaban dos o tres cucharadas que sorbían con gran ruido, y tragaban todo sin masticar. Luego cogían algún trozo de comida de los plaqués, lo masticaban con la boca abierta y con mucho ruido de masticación y terminaban con un sonido ¡Ashhh matala Ashhh!

Desde mi situación, a la cabeza de la mesa, lo escuchaba todo en estéreo y a varias pistas. Xuan eructó y los demás le siguieron. Luego hubo risas estridentes, hasta que se inició nuevamente el ritual: arroz, sorber sopa, tragar, trozo de vianda, más ruído, ¡Ashhh matala Ashhh!...

Tomé arroz al igual que hacía mi compañera de mesa, tiré parte de la sopa sobre el mantel, y mastiqué la bola húmeda. Me sabía a avecrem, a glutamato. Me pasaría la tarde sorbiendo agua en el servicio, que ya había tenido oportunidad de visitar.

De repente, uno de ellos me miró y gritó algo ininteligible. Xuan se levantó, le metió los palillos en las orejas y le golpeó la frente con la mano abierta. El golpe fue tan fuerte que dio con el chino en el suelo.

Se volvió a sentar, me miró y dijo, sonriendo:

-Haz ruido al comer, para ahuyentar a los malos espíritus de la fábrica. Si no, ellos, los demonios menores del más allá se comerán lo de mañana. Nunca más comida. La ruina para la tienda y para todos.

Empecé a comer con un ruido soberbio. Los chinos sonrieron al ver cómo se me escapaba la sopa y el arroz por las comisuras y la barbilla, manchando la corbata. Una chica china se fijó en alguna de las posturas del Kamasutra que mostraba Donald en mi corbata, se echó a reir, se subió a la mesa y en compañía del chino que había golpeado Xuan, la imitaron sobre la mesa.

Al chino, con los movimientos de su pelvis, se le cayó al suelo uno de los palillos de la oreja. El otro permaneció en su lugar.

Cuando terminó la comida, trajeron unos lichis y unas nueces de esas caramelizadas y con gran ceremonial, me las ofrecieron. Comí con mucho ruído. Las risas subieron de tono. Cuando me metí el último de los lichis en la boca, gran parte de los chinos se levantó e hicieron desaparecer los utensilios de la comida.

Dos de ellos limpiaron la mesa, colocándose grandes mandiles sobre el pecho y deslizándose por ella con la ayuda de otros que tiraban de sus orejas y brazos al mismo tiempo. Con el tirón de orejas, movían los brazos como aspas, arrojando al suelo lo que había caído sobre la mesa. La chica china, junto con otras dos que se acercaron, recogían los trozos del suelo y los echaban en un bol.

En pocos minutos la mesa quedó recogida y sobre ella aparecieron nuevamente las muñecas, etiquetas y el papel celo del envoltorio.

-Tú empiezas ahora, me dijo Xuan.

Saqué la hoja de mi bolsillo, la tabla de números aleatorios, me acerqué a la china de las coletas y extraje una muñeca de una de las cajas, la número 22. Tiré de la cuerda y comprobé dentro de la galletita el idioma y el texto del papelito que contenía. Doblé nuevamente el papelito, lo introduje en la galletita de plástico, abrí el repositorio de la espalda de la muñeca y la volví a dejar en la caja. Seguí durante cuatro horas, sin parar.

Nadie hablaba, todo se hacía en silencio y a gran velocidad. De vez en cuando, el chino al que había golpeado Xuan se acercaba a alguno de sus compatriotas, le chillaba algo en chino, supongo, mientras le pellizcaba en la mejilla, tirando con fuerza del carrillo, hasta casi desprenderlo.

Durante las cuatro horas, más de la mitad recibieron esa reprimenda o advertencia. Así que ahora, que debían ser las nueve de la noche, muchos de ellos mostraba un gran moratón en el carrillo izquierdo. Siempre era el izquierdo. Un chino obsesivo o supersticioso.

En algún momento el chino guardián se acercó a la chinita de las coletas. Era una mujer preciosa. La bata con la que trabajaba, algo transparente, permitía imaginar una figura mareante. Su cara también era hermosa, con unos grandes ojos rasgados, unos labios rojos y carnosos, orejas pequeñas y frente recta, bajo la cual sus cejas tenían una regularidad excepcional.

¡Oh, no, Pablo! Más enamoramientos no. Y menos con una china. ¿Quieres que te maten con una katana?

El chino hizo amago de cogerla de un carrillo con una mano, mientras que deslizaba la otra debajo de su bata. Me acerqué y le dije, no sin cierto temor:

¡Déjala en paz! El chino me miró con odio y rabia y se fue hacia el otro lado de la mesa, golpeando a dos de los chinos que se encontró en su camino.

Ella me sonrió.

Me alejé de allí y fui hacia el patio, donde se encontraban los servicios. Sentía una sed enfermiza. Demasiado glutamato en la sopa. El estómago se me había convertido en una esponja de rada protegida. Lo sentía crecer, con un ansia infinita de agua. Aceleré el paso. Me di cuenta que caminaba muy deprisa pero que apenas adelantaba un pie delante del otro. Como una mujer de película china.

Me estaba dejando influenciar por esta cultura demasiado rápido. Hasta había pensado comer con palillos en casa, a partir de ahora. Al abrir la puerta y antes de entrar en el patio, observé como varios chinos observaban los pies de otro. Les mostraba unas botas blancas y brillantes, acharoladas.

Tenía un tupé a lo elvis y una cazadora vaquera, también blanca, a juego con el pantalón. Lo que les estaba contando les hacía mucha gracia. Se quitó una de las botas y se la pasó a uno de sus admiradores quien con los ojos tan abiertos como le era posible, hizo algunas reverencias delante del objeto, antes de pasarlo a una de las manos que al modo de un pedigüeño europeo, se extendían delante de él. También ellos se dejan influir por nuestroas maneras. Entré en el servicio y cuando terminé y salí, me encontré con la china de las coletas en la puerta.

-Señol Pablo, mi helmano Huan dice que usted ya ha telminado hoy. Que vuelva mañana a las 11 y que tlabajalá hasta las 10, como hoy. Que desayunalás con nosotlos.

Extendió la mano y me dio tres billetes de 10 euros. Me gustó que me tuteará al final de la frase.

-Tú vas a ganal tles de estos dialios.

-Gracias. ¿Cómo te llamas?

-Huan Li Tai. Pero todos me llaman Juanita. Glacias pol lo de antes. Pelo ten cuidado con Manolillo, él tiene mal calactel.

-¿Se llama así?

-Aquí en España sí.

Se marchó delante de mi. Yo la seguí, pero al llegar al almacén continúe hasta la puerta. Subía a casa y me abrió la puerta la abuela.

-¿Qué tal hijo? ¿Cómo te ha ido el día? Le di un beso y un abrazo.

-Bien, abuela, muy bien. Ya he empezado a trabajar para el Imperio Chino.

- Estarás cansado. Anda, sube y cambiate, que voy a preparar la cena. Alcachofas fritas, tortilla y salchichas frankfurt. Tú hermana ha traído una caja de trufas de chocolate para el postre.

Subí a mi cuarto, me quité "el uniforme" y me puse una bata corta, de seda, que había sido de mi madre. Era azul celeste, con un gran dragón en la espalda e hilos dorados en las mangas. Me gustaba mucho. Como hacía frío, me coloqué un gorro de montañero de lana gris, que me había tejido mi abuela. Como no sabía terminarlo en aquel entonces, tenía que doblarlo varias veces, para que no me tapara toda la cara como un verdugo. Me perfume con Denenes y bajé, justo en el momento en que sonaba el teléfono.

-¿Sí?

-Hola, Pablo. ¿Cómo estás?

El corazón me dió un vuelco. La voz de María estimuló mis neuronas.

-Bien. Acabo de venir del trabajo. Me han contratado en una tienda de chinos.

-¡Enhorabuena! Estamos por tu barrio y queríamos invitarte a tomar algo.

-¿Estamos? ¿Quiénes estáis?

-Marga, una amiga, y yo. ¿Te apuntas? Vamos a cenar a un chino.

-Bueno, ahora bajo. Dame 10 minutos.

-Te esperamos en el parque.

Subí al cuarto y volví a vestirme. Bajé como una exhalación los escalones y le grité a mi abuela desde la puerta de la calle.

-Guarda la cena que tengo que salir.

Siempre que salgo tengo que cenar al volver. Obligatorio. Mi abuela dice que demasiada hambre hay en el mundo, como para desperdiciar la comida.

Al entrar en el parque, dos hombres me sujetaron por los tobillos.

-¡Eh! ¿Pero qué pasa?

Tiraron de ellos hasta que me caí al suelo. Uno de ellos se sentó sobre mi pecho, haciéndome cosquillas en los sobacos. Empecé a reirme, no podía resistirlo, tenía espasmos en el pecho, por lo que el sujeto subía y bajaba como en el toro mecánico. Mientras el otro me registraba los bolsillos.

Luego me bajó la cremallera, me dió un mordisco ahí, que casi me arranca el pito, después gritó:

-¡Vámonos! y el que estaba encima se levantó y salió corriendo.

Cuando me puse de pie, una señora que me observaba se puso a gritar. Oí el sonido de un silbato.

Eché a correr, hasta llegar a la zona más tupida del parque. Me escondí detrás de un fresno, junto al lago. Me guardé el pito. Me dolía, así que empecé a caminar con las piernas muy abiertas. Los 10 euros que llevaba en el bolsillo habían desaparecido. Menos mal que dejé los otros 20 en casa.

Vi a María y a otra mujer sentadas en un banco que estaba iluminado por una farola. Me acerqué a ellas, sonriendo.

-Hola Pablo, dijo María, que se levantó y me estampó dos besos en la mejilla y una palmadita en el trasero.

-Esta es mi amiga Marga.

Marga era una mujer grande, muy grande, con unas enormes... y un enorme... Vestía con un traje africano, de esos que arrastran por el suelo, una pañoleta y encima de ella un sombrero mexicano, grande. Era negra. Pero no africana.

-¿Cómo estás mi amol? Dijo, mientras me abrazaba con fuerza. Su delantera podía cubrir a dos como yo durante el abrazo.

-Hemos salido un rato. Marga trabaja en la embajada de Santo Domingo. Me va a buscar un empleo como camarera para las recepciones. Bueno, más como recepcionista y organizadora. Para contratar los caterings de las fiestas, los camareros, igual te puedo contratar algún fin de semana. ¿Qué te parece?

-Vamonos a comel. Me muero de hambre, mi hijita.

No pude contestar. María se colgó de mi brazo. Marga del otro. Aunque en realidad, yo era el que iba colgado de Marga. Más de 1,90. Qué gran humanidad.

Salimos del parque y me llevaron a un restaurante, el Wok Cantón, en la plaza de la Independencia.

Cuando entramos, se dirigió a nosotros un chino sonriente... que resultó ser Huan. Los camareros y camareras del local eran mis nuevos compañeros de trabajo. Juanita estaba en la caja.

Nos sentaron en una mesa pequeña, decorada con cubertería y vajilla con motivos orientales, velas sobre patenas de ¿bambú trenzado o palma vietnamita ? y conos de incienso aromático. Las lámparas lucian bombillas de bajo consumo. Me agaché para mirar la marca de las mismas: Philips. Thailand. Todo muy globalizado. Hacía calor en el restaurante. Una hoja de cristal permanecía abierta, permitiéndonos observar un jardín interior muy cuidado, con una fuente ornada de guirnaldas y morteros de fuegos artificiales.

Dos niños orientales encendían bengalas continuamente, corriendo alrededor de la fuente, dejándolas caer en el agua, mientras tres ancianas orientales, vestidas con una especie de shari y sombrero de caña, de campesino, les perseguían con una escoba corta. A veces los niños se detenían para que las mujeres les pudieran azotar con suavidad, mientras ellos reían y aprovechaban la parada, encendiendo otra bengala.

La escena parecía extraida de un cuento de Paul Auster. Se abrió una puerta de madera, también de doble hoja, pero labrada y lacada, en color caoba. Aparecieron unos grandes cuernos, que me sorprendieron, sobre todo a la luz de las bengalas.

Pertenecían a un toro enorme, rojizo, de color jijón. Llevaba un gran arnés en el hocico. De él jalaban con fuerza algunos de mis comapñeros del taller; dos de ellos empujaban la grupa y un tercero, a gatas entre las piernas del morlaco, apretaba sus criadillas. Consiguieron que se moviera. Cerca de la fuente giró, arrojando a tres de mis compañeros contra las peonías, Uno de ellos rompió uno de los tiestos junto al aljibe del patio.

Xuan apareció de sopetón, pateó a alguno de los que habían caído, se dirigió al toro y le susurró algo en la oreja izquierda. Parecía que le comprendiera. Se giró y desapareció por donde vino.
Xuan se acercó a nuestra mesa. Las chicas no habían parado de hacer comentarios sobre la carta, los platos y el precio.

-Está buenísimo chica. OX beef. La concha madre de la carne. Melaza en la boca.

Miré el precio de ese plato. 85 €. Desde luego era la bomba. Recordé mi penuria. Cero "oiros", como decía mi abuela, desde su viaje a Alemania.

-Buey exquisito. Lo mimamos en España, con masaje y pienso biológico y veldes pastos de Asturias. Muy lico.

-Yo quiero. Y ellos también. Una ración para ellos dos y dos raciones para mi. Y vino de arroz. ¿Tú bebes vino, Pablo?


-Prefiero un vaso de leche fría.

Xuan sonrió. Terminó de anotar la comanda y salió por la puerta de cristal. Gritó algo y al momento apareció el toro, con los dos niños encima de su lomo, tumbados, mientras las manos acariciaban sus costillares.

-Mira, mira, que bueno, lo que hacen. Así es como preparan la carne. La masajean bien, a lo largo de su vida. Eso permite que la fibra y la grasa se fusionen, convirtiendo al animal en un verdadero manjar. Cuando prueben se darán cuenta. Ni una dureza ni una nervadura. Como si me comieran a mi.

No podía imaginarme a ese enorme toro descuartizado. Y menos para tres filetes.

Al momento aparecieron dos de mis compañeros de taller. Uno dejó sobre la mesa unas obleas de pasta caliente. Otro tomó un par de palillos y extendió una pasta grisácea sobre una de las tortas, ofreciéndosela a María, quien miró a Marga, que asintió. Y María me ofreció el bocado. Mordí, mientras cerraba los ojos, en un reflejo que a nadie pasó desapercibido. Los chicos chinos se rieron con llaneza. Marga aplaudió.

La boca me ardía. Todo era picante. Muy picante. Xuan apareció con una botella y nos sirvió a los tres. Me bebí el líquido de un trago. No era agua. Sabía fatal. Pero me alivió el picor. Cambié una sensación desagradable por otra.

Sirvieron la carne, en platos de bambú, adornados con diversas salsas.

-El plato tambien se come, dijo Marga, haciendo alarde de su conocimiento.

Mirándome añadió:

-Viví con mi segundo marido en Osaka. Cuatro años.

-Ya, pero este es un restaurante chino, ¿no?

-Mi niño, este es un restaurante oriental. Diseño y exotismo a partes iguales. ¿Te gusta, María? Contestó asintiendo, porque no podía hablar en ese momento. Marga devoraba su segundo steak cortando grandes trozos sobre el mantel, porque ya había devorado su plato. Yo comía como si no fuera conmigo. Recordaba el menú de la tienda y eso me provocaba espasmos de estómago.

-¡Thon zhi! Dijo Marga, con un acecnto cuidado. Me recordó al chino de los ojos semi cerrados.

Sentí miedo

-Es camarada, en chino. Verás cómo nos atienden de maravilla.

Xuan se acercó presto, con una sonrisa que mostró sus encías ennegrecidas por algún medicamento o por la enfermedad. Porque perder todos esos dientes debía ser fruto de una enfermedad.

-Thon zin, ¿Tienes pez globo?

-Por supuesto. Dió unas palmadas y aparecieron cuatro de mis compañeros. Habló rápido con ellos, salieron por la puerta de cristal y al poco regresaron con una pecera donde nadaban tres peces gordos como globos, con la cabeza pequeña y alargada. Parecían lampreas infladas con gas.

Uno de los chinos estendió unas hojas grandes sobre la mesa, al tiempo que otro de sus compañeros limpiaba los restos de comida y desenfundaba palillos. Los dos compañeros sujetaban la pecera rectangular.

Xuan se puso un guantelete de acero, metió la mano en la pecera y extrajo uno de los ejemplares, que se retorcía y lanzaba mordiscos. Al sacarlo del acuario resbaló sobre la mesa, aleteó y cayó sobre mi brazo. Apenas sentí el mordisco, aunque una parte de mi brazo se durmió inmediatamente.

Xuan atrapó al pez, sonrió y dijo:

-Tranquilo, tú no molil hasta dentlo de 20 minutos. Mientlas podel aplecial la calne de fugu. Si el te savolea a ti, tú tienes delecho de hacel lo mismo. Con un pequeño cuchillo, le separó la cabeza del cuerpo, lo abrió y le arrancó la espina.

En ese momento me desmayé, añorando el sabor del glutamato, el avecrem, tan natural.


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2 Comments:

Blogger chousas said...

Lo primero, estate atento a la Cibeles, no vaya a ser que algún diseñador listillo te robe ideas XD

Al final de esta historia... ¿¿Quedará alguna parte del cuerpo de Pablo sin cicatriz??

1:13 a. m.  
Blogger Thalasos said...

Me encanta La Cibeles... de México. Allá tienen una copia, regalo de un alcalde a otro.
Por cierto, ¿las peonías pueden estar en un macetero, o serán de jardín? Esto de la escritura automática.
Pues ahbía pensado que la carne de buey de Kobe -lo escribí mal en el post- se la sirvieran del "bicho" en vivo. Pero me decidí por el pez globo.
Un abrazo galego. A ver si dedico un rato a visitar a los amigos.

11:29 a. m.  

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