8 de noviembre de 2006

Ñus en estampida. Metro de Madrid vuela.

En las mañanas, con la fresca, las piernas hormigueaban, mientras que el agua, fría cual de ventisquera extraída, me hacía lagrimear.

En la calle, con los charcos y el crepitar de los carros de leche y otras primeras materias sobre ellos, las piernas seguían ateridas.

Hasta el autobús del cole había un buen paseo.

Más adelante, caminar por las mañanas se convirtió en la norma. Hasta la escuela, hasta el trabajo, hasta cualquier lugar a menos de una hora de camino del punto de origen. Hoy día es distinto. Mejor. Pero también distinto.

El sumidero escupe un vapor malsano, comformado de sueño mal atendido y lejía de ínfima calidad. Puertas, torniquetes, escaleras, músicos, vigilantes, prisas, troc-troc, troc-troc.

A veces se filtra el olor de los croissants descongelándose en un hormo eléctrico. Olor a mantequilla caliente que desarma a la circunstancia, o a lo que entiendo de ella.

Visto desde arriba, en desdoblamiento tibetano, el orden configura los arpegios de la marabunta trabajadora.

Sólo desde arriba, porque al entrar y al salir, la S multicolor es el principio y dominador absoluto del movimiento, bien para evitar el aislamiento de la corriente a la que involuntariamente perteneces, bien para permitir que otra persona confirme su pertenencia a la suya:

  • Los que salen, los que entran, los que transbordan, los que depredan...

Apenas perceptible. Pero lo sentí. Alguien de una de las corrientes pellizcó mi pantalón, a la altura del bolsillo. Y se acomodó un poco más allá, dentro del vagón, protegido por las espaldas de quien, periódico rulo en mano, le acompañaba como guía, como coach en el ejercicio de la profesión de carterista.

Junto a la puerta, un tercero, grande, desproporcionadamente grande, como un gladiador con Koreana del Alcampo, velando por la tranquilidad de los expuestos, la infantería de primera línea. Todos con el mismo corte de pelo, al dos, la misma quijada, eslava, los mismos ojos pequeños. Venidos del mismo pueblo al que regresarán sin haber comprendido nada. Como ñus en estampida. Espero les suceda antes que después.

El rulo y los dedos de la misma mano que lo sujetan hacen un gesto, apenas perceptible, orientando sus extremos hacia la futura víctima, hacia mí.

La víctima, yo, se aleja, hacia una de las barras del armazón metálico que recorre la barriga del convoy, para que nos agarremos, pero sobre todo, para que al monstruo de metal no se le plieguen las paredes estomacales sobre la comida recién engullida, nosotros.

Malas caras. El coach manifiesta desagrado hacia el aprendiz, aspavientos sutiles. El muñeco, de apenas 20 años y con grandes probabilidades de perder su virginidad en Soto del Real en el futuro próximo, desvia la mirada, dirigiendo la del entrenador, como si estuvieran conectados los párpados por hilos invisibles, hacia otra de las cebras o ñues que, atemorizados, haciéndonos los invisibles, procuramos llamar poco la atención.

La nueva estación provoca estupor en el grupo depredador. Apenas en los ñues. También ocurrió ayer. Lo que está a punto de suceder hoy.

Demasiados que salen de la barriga, demasiados que entran. Nuevo acomodo de las cebras, los ñues.

Dos minutos de parada, insoportable para cualquier felino; su sistema de glándulas, sus gónadas y suprarrenales están demasiado expuestas. La megafonía acaba por derrotarles, termina el trabajo que su propio organismo había iniciado minutos antes:

- Por dificultades técnicas en la estación... el tren situado en vía 1 no realizará su salida hasta pasados 15 o 20'. Rogamos disculpen las molestias.

El entrenador se vuelve hacia uno de los asientos. Un cuarto depredador, futura víctima, se pone de pie. Los cuatro abandonan el convoy. No hay desayuno, de momento. Igual tendrán más suerte en la vía 2. Ya llega el convoy.

Hoy no cogeré un taxi, como tuve que hacer ayer. Esperaré los 20' y me ahorraré 12 pavos, que sumados a los 30 que llevo en la cartera, suman una ganancia de 42.

Pensamiento de ñu: Me los imagino, dentro de un par de años, contando batallas del metro de Madrid y de las cárceles españolas, mientras ven pasar delante de ellos un nutrido grupo de cabras que les observan como ellos a ellas. La vaca al tren.

2 Comments:

Blogger BoraBora said...

permite que te recomiende www.provincianas.blogspot.com

9:58 p. m.  
Blogger Thalasos said...

Gracias por la sugerencia. Humor ácido es viento fresco. Me han gustado las dos... páginas.
Saludos.

10:08 a. m.  

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