30 de agosto de 2005

Pablo: Descansando



Llegué a un garaje lleno de cuadros de Mapplethorpe y de fotos de Frank Sinatra, en su segunda época en las Vegas.

En la recepción, una barra de cabaret transformada, a la que le habían cubierto el cuero granate del mostrador con papel de embalar. Un recepcionista rubio y macizo, con impermeable de charol negro y botas por encima de las rodillas, de idéntico material, una morena semivestida en cuero negro que muestra una cubertería de plata delante de ella.

El maletín que contiene los utensilios oculta sus pechos.
Cada vez que suena uno de los múltiples teléfonos de baquelita en negro, lo descuelga con las pinzas de asar pescado.

Cuando sonríe, cuelga, sin despedirse. Cuando se enoja, frunce el ceño, saluda e, inmediatamente, corta el cable con un cuchillo de postre.
Luego, lanza el cuchillo contra un panel de corcho que rodea una diana y lo clava en las proximidades del número 17.

Al acabarsele el arsenal de cuchillos, porque el ritmo de llamadas es frenético, reacciona ante las llamadas irritantes para ella, agujereando el cable del teléfono con un tenedor de pescado.

Mientras observo hipnotizado esta conducta fascinante, el rubio se dedica a recitar poemas de Arthur Rimbaud:
-tus desfallecimientos, tus manías, tus torpezas seguras, y las brutalidades antaño soportadas, nos lo devuelven todo sin malicia. Noche, a pesar de todo, como exceso de sangre mes tras mes derramada.

Silencia el rubio el recitado.

-¡Le aguardan, caballero!

Camino por un pasillo que me recuerda la entrada a la sala de diagnóstico de un taller de coches o de un psiquiátrico. No distingo entre ellos. Al fondo un luminoso anuncia en francés: Sortie.
Empujo la puerta.

Tras de una mesa de billar americano, un hombre menor, sentado en un sillón de masaje, de esos eléctricos. Parece que está sobre cojines, a duras penas mantiene el equilibrio. Como un tentetieso de juguete.

Apoya sus manitas sobre la mesa de billar. Un taco de billar delante de él y una maza, de esas que emplean los jueces. También vestido de cuero negro. Me sorprenden sus gafas. Unas de esas de motorista, con cinta detrás de las orejas.

Las lentes, grandes, muy grandes para su cara, en color amarillo. Sólo le falta un casco de piloto de la gran guerra, de esos en cuero color tabaco, para salir volando. Pero, ¿por dónde? Si no hay ventanas.

Algunas preguntas después me entero.

Me quieren contratar como botones de la galería de arte que regentan. Pero necesito idiomas. Al menos tres.

No sé que contestar. No me veo de botones, aunque la morena de la recepción me da buen feeling.

-¡Zas!, ¡Paf!

-¡Eh! ¿Dónde estoy?

-Te has quedado dormido, renacuajo. Siguen las pruebas físicas, ya.

Susto que me ha dado el panocho. Y bofetada. Bueno, bofetadas. Dos.

Personal
Humor
Thalasos

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1 Comments:

Anonymous María said...

necesitas descansar y relajar incluso los sueños.

11:40 a. m.  

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